Con franqueza no recuerdo días mejores que aquellos, éramos sólo nosotros dos y nuestro pacto tácito de dejar correr agua bajo el puente antes de participar a nuestras respectivas familias. Pero, promediando diciembre, el viejo Juan, quien visitaba regularmente a su hija (cabe aclarar a esta altura que hasta hoy me maravilla aquel celo paterno resurgido el día que la Tana plantó bandera con el obispo - tres años antes de toparse conmigo - y volvió a su casa, de la que había salido con tiernos 18 recién cumplidos; fué - a mi modesto entender - como una actualización abrupta de toda esa dedicación amorosa que había quedado de alguna manera mocha cuando su niña entró al convento) el viejo Juan - decía - empezó a preguntar por el origen de las botellas de vino a medio tomar (y algún que otro cadáver de vidrio) que reposaban en la mesada de la cocina, siendo que la Tana vivía sola y no bebía alcohol. La excusa de los compañeros de facultad enófilos que se habían reunido para estudiar en su casa (nuestra casa) la noche anterior empezó a quedar chica y ella con tan poco andado en cuestiones mundanas, empezó a necesitar coordenadas que la remitieron a Silvina, su hermana menor (mi cuñada); en fin, cosas de mujeres. No tardó en enterarse mi otra cuñada (Cristina, la esposa de Estéban, el mayor) y, dado que todos trabajaban juntos en el negocio familiar, también Dora, mi suegra.
Así fué que una buena mañana, a mes y medio de vivir juntos, le pregunté por la vigencia de nuestro acuerdo implícito: "¿Hay alguien - aparte de vos obviamente - que esté enterado de mi existencia?"
"Si, no aguanté más y se lo conté a todo el mundo, los viejos quieren conocerte y vienen a almorzar hoy" - soltó de un saque como tirón de curita.
He oído que sólo el hombre y los delfines tienen la incómoda habilidad de representarse abstractamente la vivencia de sus semejantes (ponerse en el lugar del otro que le dicen) y hasta allí me llevaron mis (despavoridos) procesos mentales.
<¿Qué haría yo si me entero que mi hijita, mi frágil retoñito, está conviviendo furtivamente con un divorciado a mis espaldas, de quién nada sé, eh, eh, qué haría? Respuesta probable: lo mato haciendo que parezca un accidente>
Salí con el pretexto de comprar un árbolito de navidad y otras chucherías, tenía que estar a solas con mis elucubraciones para ensayar argumentos convincentes, era la voz de la sangre la que urgía soluciones, de mi sangre, la misma que si no se me ocurría algo pronto seguramente sería derramada.
Llegaron puntuales con la comida y el vino, dos botellas de malbec Trumpeter que parecían frasquitos de penicilina entre las manazas de ni suegro, con dedos como racimos de longanizas parrilleras. Le tendí mi mano franca, con gesto más bien contrito, calculando que aquella mole de metro noventa y pico y 120 kilos podía triturarme en lo que tarda a arder un fósforo si se lo propusiera, él me atenazó ambos hombros (estoy en el horno con papas - pensé), me atrajo hacia su pecho de una hectárea más o menos, me abrazó y me besó en la mejilla. A su turno Dorita, cuya virtud más saliente es sin dudas la hospitalidad.
La comida transcurrió plácida y serena, sólo una pregunta personal me hizo el viejo: "¿de qué cuadro sos?". Felizmente de Independiente, histórico perdidoso ante River Plate, el club de sus amores.
Me sentí bienvenido (es curioso porque estaba en casa), aceptado, creído, he llegado a quererlos mucho y sé que también me quieren. Después de todo alguien que se aparece con un buen vino no podía resultar mal tipo (distinto es el caso de mi madre política quien - previamente advertida por la Tana de que lo único que no como ni por orden del juez es apio - trajo una generosa porción de ensalada Waldorf rebosante de dichos tallos verdes; a su favor puedo decir que no ha vuelto a hacerlo).


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