martes, 20 de mayo de 2008

Cuestión de marketing

La cantante no vidente abordó el tren que me lleva al trabajo como casi todos los días a la misma hora. Tras una breve noticia de su infortunio personal desparramó las bendiciones de rigor entre los pasajeros, desenfundó su guitarra y montó el numerito cotidiano.
Después de algún tiempo uno les toma cierta empatía a estos antihéroes por azar; se necesitan agallas para salir diariamente a un mundo que tampoco (o tan poco) los contempla, y también, pero no menos importante, optimismo para usar lo que sirve a pesar de todo, para valerse de lo escaso y mejorarlo en cuanto sea posible con la finalidad elemental y prosaica de ganarse el garbanzo. Es como si me reprocharan que reniego de más, que me quejo de lleno.
Ella (y evito deliberadamente referirme a su condición de ciega, no porque me guste el eufemismo “persona con capacidades disminuidas” con que el INADI impone designar a los ciegos, tuertos, mancos, tullidos, fronterizos y demás impedidos - sin que, dicho sea de paso, la situación de los aludidos haya variado ostensiblemente a partir de dicha obligación - sino en aras de mantener la corrección política), ella - decía - le encontró la vuelta al asunto. No tiene una voz exactamente privilegiada pero es bastante hábil (Juan me corregirá si yerro) para acomodar los tonos a sus posibilidades, se da maña para tocar (aunque sin virtuosismo apreciable) y hasta aquí ha demostrado ser cuidadosa a la hora de elegir su repertorio, generalmente compuesto por canciones folklóricas muy difundidas y pegadizas. Canta aceptablemente las que sabemos todos y con eso, a juzgar por su permanencia en el negocio, le arrebata la “diaria” a las calles inhóspitas de Buenos Aires.

Digo hasta aquí, porque hoy por alguna razón decidió improvisar y su suerte tuvo un giro inesperado; se aclaró la garganta y empezó:

“Yo vendo unos ojos negros, ¿quién me los quiere comprar?
Los vendo por traicioneros, porque me han pagado mal”...
*

Mientras pasaba por los asientos haciendo sonar algún cobre dentro de su tarrito a modo de aviso recaudatorio, esta vez la ciega (permítaseme por un momento utilizar el lenguaje de la barbarie) cosechó muchos más billetes que monedas.

Parece que no fui el único que pensó “te los pago igual pero llevátelos de acá pa´qué mierda los quiero”. Y es que realmente los tiene bien negros, inservibles como un par de tetas en una gallina eso sí, pero renegridos sin lugar a dudas.

* Fragmento de una zamba muy popular

miércoles, 14 de mayo de 2008

Declaración

A últimas fechas mi trabajo se ha vuelto una serie ininterrumpida de emergencias; llego a casa tarde y molido con dos paquetitos de confites M&M en el bolsillo para desagraviar a los chicos que me esperan despiertos como lechuzas. Para peor Eva, nuestra empleada, que usa el auto por razones operativas, lo deja siempre en la puerta por temor a hacerle algún rayón mientras lo entra a un garage por cuya puerta pasa cómodamente un camión Scania atravesado. Un trabajo más: ir a guardar el auto. Con el último resto de energía entro a la habitación infantil pateando toda clase de obstáculos a mi paso.
Este fué el diálogo de anoche:

Lola: - Papi, ¿me comprás el (nosequé nosequé pero usualmente carísimo) que sale en la propaganda de Discovery Kid?
Yo: - Ya veremos Lolita si te portás bien, no le contestás a tu madre y sarasasasasa.
Yo: (que no los veo antes de salir al Jardín de Infantes porque duermo como una piedra) - Sabés Lolita? hace tanto que no te veo que pensé que ya te habías olvidado de mí.
Lola: - (bien solemne) Yo nunca me olvido de vos Papi, hasta sueño con vos y le rezo al Ángel de la Guarda todos los días para que no tengas pesadillas.
Yo: - ¿Qué era eso que querías mamuchina?

De todas las mujeres que de un modo u otro tocaron mi corazón, ninguna ha podido tanto con tan poco.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Ashi me hizo acordar

Sábado de verano a la tarde, la siesta por delante, un lujo tan poco glamoroso como frecuente. Es como todo, hay siestas discretas que pasan sin pena ni gloria y siestas para el campeonato. Hacía calor en todas direcciones y parece que se jugaba la final de la copa del mundo; a veces pasa. Silencio en la casa, a no ser por las respiraciones acompasadas de los chicos que duermen en la habitación contigua y alguna que otra respiración menos apacible que no es del caso ponerse a detallar.

De pronto, apenas y a destiempo advertidos, el sonido de patitas infantiles atravesando el corredor a paso vivo y la sombra de Lolita en el vano de la puerta de nuestro dormitorio, todo a un tiempo. Tumulto, desplazamientos abruptos, malabares con la sábana que no daba abasto a cubrir lo que se pudiera. La Tana y yo tendidos, tapados, inmóviles, callados y firmes en posición de revista. No sabíamos qué tanto pudo haber visto.

Lola : - Mamá ¿por qué estás del lado de Papá?
Tana: - Porque Papá se fué corriendo hasta que me empujó (hay que ver cómo la afecta la exposición a esta mujer que es incapaz de articular una excusa convincente para una nena de 5 años).
Lola: - ¿Cómo que te empujó, te tiró de la cama? Papá, ¿por qué tu "calzonciso" está en el suelo?
Yo: - Porque estaba a punto de entrar a bañarme cuando me levantara (sarasasasasa).
Tana: (mientras se incorporaba usando la única sábana disponible como túnica) - Lolita andá al living a ver la tele que ya voy.
Lola: - ¿Estás desnuda?
Yo: - Tana no te levantes que me dejás en pepelopotapas!!!
Lola. - ¿Qué Papi?
Yo: - Rajá de acá, hacéle caso a tu madre, carajomierda!!!

La infanta seguía parada como una estaca sin quitarnos los ojos de encima. Sabía por el tono tenso de mi voz que la cosa iba en serio pero también que si fuéramos a reprenderla ya lo hubiéramos hecho. Y simplemente no podíamos movernos. Ella tenía el ceño fruncidito con una expresión que sintetizaba a las mil maravillas el sentimiento de "acápasóalgoymeestánengrupiendoporquesoychiquitaperoyavoyacrecerparadarmecuentacuandomedicenmanganetas" que pasaba por su cabecita. Por la mía los miles de pesos que gastaría en concepto de atención psicológica en un futuro no lejano, por la de la Tana vaya uno a saber qué imágenes sagradas señalándola con el dedo en evidente ademán réprobo y admonitorio.

No hablamos del tema, pasamos el domingo como los sobrevivientes del atentado a las torres gemelas, esperando una nueva explosión. No pasó nada, Lolita imputó la deuda al rubro "pasivos contingentes" y a otra cosa.

Mi moción de instalar un pasador para cerrar por dentro la puerta de nuestro dormitorio no era tan descabellada después de todo.

martes, 6 de mayo de 2008

El que ríe último ríe mejor

Toda familia tiene sus clásicos. Desde que mis viajes de trabajo se hicieron más frecuentes se me hizo costumbre volver con alguna cosa para los chicos. Tanto, que lo último que escucho antes de subir al remise que me lleva al aeroparque es la voz chillona de Lola deshaciéndose en recomendaciones y "noteolvides" al respecto. Con el tiempo también se me fué agotando el repertorio y empecé a repetir los obsequios que compro - dicho sea de paso - en los mismos comercios de cada lugar al que voy. Es así que la niña, ni lerda ni perezosa, aprendió a identificar el destino con el potencial regalo que recibirá a mi regreso. Goyo en cambio recibe lo que venga y se pone a chusmear el equipaje antes incluso de saludarme.

Volvía a Bariloche, como tantas veces (sé que muchos disfrutan esta ciudad turística pero a mí ya me tiene las bolas por el suelo) con el mandato expreso de traerles una caja con ositos de chocolate, pero esta vez se me ocurrió innovar. Con los minutos contados me puse a indagar otras propuestas y elegí una simpática cajita que venía con variado surtido de animalitos de chocolate relleno: mono, león, jirafa, oso, etc. "Esto les va a encantar" - pensé.

A la vuelta, cada uno con la suya entre las manos, despedazaban el envoltorio como aves rapaces.

"Pueden comer tres figuras solamente" - sentenció la Tana y entonces pasó lo que nunca hubiera esperado: Goyo tardó un nanosegundo en zamparse dos bombones al mismo tiempo y sacar el tercero antes de que su madre le arrebatara el tesoro, pero Lola, en cambio, generalmente igual de desesperada (como si nunca le dieran una puta golosina), sólo comió dos y devolvió el restante a su caja asegurándose de marcarla para poder diferenciarla (todavía no sabe contar al bulto).

La operación se repitió dos o tres días hasta que sucedió el hecho futuro pero fatalmente cierto: Goyo retiró el último bocado de su cajita y Lola atesoraba todavía tres unidades. Mientras esto ocurría la Tana advirtió a la pequeña que estaba obrando de mala fe y que la vida suele ocuparse de equilibrar las injusticias, probablemente pensando en compensar de algún modo al pobre crío que miraba extasiado y con las alforjas vacías cómo su hermana disfrutaba, con lentitud y deleite exhasperantes, el remanente de su fortuna.

Goyo no lloró, sus ojitos por supuesto estaban hipnotizados por las golosinas que Lola blandía en cada mano, pero no hizo el menor berrinche, el mínimo gesto de pesadumbre. La maniobra había fallado; tanto esfuerzo puesto en hacer desear para no provocar interés alguno trajo consigo su propio desinterés, no en el chocolate claro sino en la platea que la observaba como al descuido. Y se relajó. Ese fué su error.

El Tano volvió a sus asuntos como si tal cosa lanzando cada tanto furtivas miradas a la ultimísima y codiciada jirafa rellena de dulce de leche que Lolita sostenía. Y al rato, a plena carrera, calculando la distancia que lo separaba del refugio, asestó el zarpazo triunfal, se engulló el botín y se parapetó tras la falda de la Tana, todo eso como cinco segundos antes de que Lola se diera cuenta de lo que había pasado. Hubo que agarrarla entre dos para que no lo asesinara.

La verdad es que el Tano pierde la mayoría de las disputas con su hermana, pero cuando se trata de facturar, cuando está en juego lo que realmente importa, bien haría ella en no arriesgar la chance, porque, está demostrado, no reirá siempre pero siempre ríe al final.

viernes, 2 de mayo de 2008

12. Fin. Fin?

La Tana y yo nunca formalizamos. Tenemos nomen, tractatus y fama de esposos sin recabar hasta aquí bendición de Estado o Iglesia alguna. A ella no parece desvelarla esta desprolijidad y yo tengo cierta tendencia adquirida a desconfiar de las mujeres que se casarían conmigo. Con todo, nadie diría que no somos una familia; ella - que finalmente vino a ser la que había construido una "soledad privilegiada" - entreabrió la puerta de su torre inexpugnable y por allí entramos, en orden de aparición, Jacinta, un servidor, Lola, Fierita (una perra cualunque impresentable), Goyo y Tango (un perro gigante y bobo que cuida de todos nosotros).

Ella conserva su costumbre de hacerme sentir profundamente bienvenido y también la maña para equilibrar las tensiones en pugna dentro de mi cabeza.


Yo mantengo la firme sospecha de que si las cosas no hubieran resultado como resultaron, los días vividos entre aquel 27 de octubre y el presente no valdrían más que unas monedas.


Sin embargo no todo es como era entonces. Ahora, por ejemplo, ella habla con frases más cortas: "hay que sacar la basura", "hay que darle de comer al perro", "hay que arreglar esto o aquello", "hay que llevar los chicos a algún lado" (con el tiempo aprendí que la frase "hay que" es perfectamente intercambiable por la sentencia "tenés que"), "bajá la velocidad", "subí la ventanilla" y una vasta serie de etcéteras. Y también las cotidianas resignificaciones del lenguaje; "te saqué cambio" equivale a "te pelé la billetera", "¿viene tu mamá?" es igual a "otra vez esta vieja" y "necesito ..." es un eufemismo por "me voy a comprar ...".


Sé que ella no va a dar fe de su existencia para que todos piensen que es un producto de mi imaginación, que sólo vive en mi delirio. Pero existe, yo nunca fuí tan bueno para imaginar cosas.


viernes, 25 de abril de 2008

11.

Pensaba en ella como en esos porotos que durante años y años se usan en los boliches para apuntar los tantos de la baraja y que, al sembrarlos, germinan de inmediato recobrando su genuina naturaleza, haciéndose dueños de la finalidad para la que fueron creados. La metáfora me parecía brillante pero nunca se lo dije porque está visto que la galantería no termina de salirme al primer intento (y tampoco al último).

Su presencia me bastaba para sentirme feliz, cuando no estábamos juntos quería estar solo para poder imaginarla, pero había que hacer lo que debía hacerse.

No es que Dos y yo no estuviéramos de acuerdo respecto a tomar rumbos diferentes. Hacía tiempo que teníamos cuentas separadas, agendas separadas, proyectos separados y vidas individuales, no obstante nuestra coincidencia entre cuatro paredes y un techo. Lo habíamos hablado y ambos sabíamos que el futuro no nos encontraría juntos. Ella quería completar su esquema adoptando un niño y yo jamás consentiría criar un extraño cuando los míos propios habían sido excluídos de nuestra vida en común (aunque no de la mía por supuesto). En lo que entiendo de conflictos, esos intereses no parecían verosímilmente conciliables.

Habíamos hablado de eso dije, pero es una cosa hablar del camino y otra muy distinta caminarlo.
Lo que siguió no fué demasiado diferente de cualquier ruptura. El divorcio se parece a una espina clavada en la carne y como litigante tenía aprendido que los hombres, en general, se la quitan de un tirón y apretan la herida para que sangre y sane de una vez, las mujeres en cambio la remueven lentamente para recordar el dolor, aferrándose a cualquier cosa que alimente su voluntad de revancha. La cuestión prosaica de la liquidación de bienes se resolvió prácticamente: fuí generoso hasta el escalofrío (excepto claro con todo aquello que no estaba dispuesto a ceder) con tal de no dar ocasión de prolongar el proceso. Dos es pragmática, cerramos el trato.

En aquellos días rumiaba obsesivamente un párrafo inquietante de Ortega y Gasset (ambos) que describía con maravillosa elocuencia mis procesos mentales: "... Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino. Para mí la moral es lo que el hombre debe ser, (...) el ser inexorable de cada hombre, de cada pueblo. Por eso desde siempre (...) proclamaba como imperativo fundamental de la mía el grito del viejo Píndaro: quenoio hos eisi - llega a ser el que eres - ."

El martes mi hijo mayor Lucas me arrancó violentamente de mis elucubraciones. Cumplía 18 años el sábado 27 de octubre y se había puesto insistente (sabe Dios que el término le queda chico) en que se lo festejara el viernes a la noche en "Coyote", un local bailable en los bosques de Palermo (dale pa, dale pa, dale pa, dale pa). Quería brindar con todos sus 214 amigos, aparte de la familia, cuando dieran las doce. Contraté el salón y le dejé el resto de los detalles a mi madre.

La mañana del miércoles apareció un mensaje encriptado en la pantalla de la computadora:

From: Bacigalupo
To:
Pablo Manzano
Sent: Wednesday, October 24, 2001 7:35 AM
Subject: Buen día


Quem vidi, quem amavi;
in quem credidi, quem delexi



Beso, Mónica.


Con la ayuda de un diccionario y reflotando los exiguos conocimientos de latín que me habían dejado el secundario y los libros de derecho, logré identificar las palabras aunque sin precisar su sentido en función del texto. Tenía una misión en la vida, traducirlo, no quería simplemente preguntarle. El jueves, después de clases, pasé por la secretaría académica de la Facultad de Traductorado Público con el papelito en la mano. No es fácil encontar expertos en lenguas muertas pero no soy de abandonar la empresa a la primera dificultad.

"No puedo ayudarlo doctor" - dijo la insensible y pérfida secretaria - "a esta hora no queda nadie, pero puedo darle el teléfono de una profesora si quiere coordinar con ella". Me fuí con el dato y esperé una hora prudente de la mañana del viernes para llamarla. Este fué el diálogo:

- "Doctora la molesto porque necesito traducir un texto en latín".
- "Estoy bastante ocupada pero si lo deja en secretaría lo miro y en todo caso nos reunimos el martes o miércoles de la semana que viene"
- (para entonces será tarde vieja de mierda insensible) "No quiero abusar de su amabilidad pero son sólo nueve palabras, si fuera usted tan gentil"
- "A ver dígame" y le dije.
- "Mire, quien le escribió esto está muy enamorada" y a renglón seguido me lo tradujo.

Me despedí con toda cortesía, hecho un manojo de gratitud, deseándole una larga y dichosa vida.

Estuve en las nubes todo el día. A la hora convenida fuí a Coyote, me senté en la mesa de los adultos y me obligué con esfuerzo a decir poco más que algunos monosílabos. Yo no quería estar ahí, yo quería ...

Los adolescentes se sacudían en tropel y gritaban como maníacos, la noche se iba y yo sin ...

Torta, velitas, cumpleaños feliz y la serie interminable de saludos. Ya eran las doce.

Lucas, ese muchacho tierno y boludón que lee mi semblante como un cartel de autopista, me dice

- "Pa, no es necesario que te quedes hasta el final, ahora viene el baile y te vas a aburrir."
- "¿Te parece Luquitas, qué van a pensar tus amigos?"
- "Nada, ni se van a dar cuenta que te fuiste"

Lo abracé y lo besuquié todo. Fuí al baño y marqué un número conocido con el alma subiéndome por el garguero. Tardó en atender, lógico eran como las dos de la mañana. El ruido era atronador.

- "¿Ya estabas dormida"? - pregunté
- "No, estaba leyendo, ¿cómo está la fiesta?" - preguntó
- "Y, viste como son los chicos, ahora empieza el baile para ellos y el embole para mi" - ensayé
- "¿Te vas a quedar mucho más?" - ensayó
- "¿Vos ya te vas a dormir?" - probé de nuevo
- "Vení, te espero"

SSSSSSSSIIIIIIIIIII

- "Me voy" - dije a los presentes
- "Me dejás de pasada" - dijo mi madre
- (nooo vieja de mierda aguafiesta) "¿Por qué no te quedás un rato más y después te lleva Gustavo"? (mi hermano)
- "Porque ya estoy cansada, llevame a mi casa"

Afuera se había desatado la tormenta del fin del mundo. De Palermo a Belgrano con el limpiaparabrisas a tope y una visibilidad de tres metros. Iba a 80 y la vieja rompiendo las bolas con que nos íbamos a matar. Llegamos.

"Espero que pare un poco y me bajo" - dijo
"Te bajás ahora porque no va a parar"

De Belgrano a Vicente López a lo que diera el pedal. La cortina de agua era terrible, parecía que los elementos se conjuraban en mi contra. Las calles inundadas de bote a bote, una laguna entre mi amor y yo. "Vos podés" le dije al auto y cruzó.

La llamé de camino y me estaba esperando en la puerta, con su pantalón pijama de color rojo. No bien entramos la ropa que traía puesta empapada empezó a secarse en una silla.

Nos encontramos en un chat el 20 de agosto de 2001, nos conocimos el 8 de octubre siguiente, y desde aquel sábado 27 estamos juntos.

"Mañana; y mañana después de mañana. Qué linda es a veces la palabra 'mañana'" - me dijo.

jueves, 24 de abril de 2008

10. (Inconveniente para menores)

No recuerdo haber esperado con tanto ansia un evento. Las 9 de la noche del viernes 19 de octubre de 2001 llegaron junto con la sospecha firme de que el horizonte era algo tan alcanzable como cualquier otra cosa.

Toqué timbre con las manos llenas; un vino que había dormido diez años, un ramo de rosas y una caja de bombones (el protocolo completo). Ella estaba espléndida con aquel vestido negro, lo bastante sobrio como para no delatar abiertamente sus encantos y lo bastante ajustado como para adivinarlos sin tanto esfuerzo. Había trabajado para crear el ambiente propicio, todo estaba dispuesto con muy buen gusto.

Una charla breve, algunos acercamientos decorosamente efusivos y la cena. Yo sentía como si mi garganta terminara en el vacío, como si no tuviera vísceras, pero aún así comí todo lo que me ofreció (cóctel de camarones, lomo con vegetales caramelizados y un postre hecho de frambuesas, crema y merengue). El banquete debió haber estado a punto porque en cierto momento de la cena ella puso su mano sobre la mía y desde entonces en adelante corté la carne con el tenedor usando solamente la mano libre. "Sentate en el sofá, ya traigo el café".

Jacinta (su simpática gatita) malinterpretó las señales que le dí. No acababa de sentarme cuando saltó jubilosa a mi regazo y se puso a cazarme la corbata. Con cautela, sin estridencias y disimuladamente le metí semejante sopapo que aterrizó sin escalas bajo la mesa y allí se quedó observándome agazapada (vos no me vas a cagar la vida gata de mierda). Cuando vino su ama y se sentó al lado mío, volvió triunfante a la carga enrostrándome su inmunidad diplomática. La Tana la apartó y tras algunas insistencias perdió momentáneamente el interés en nosotros.

Pero nosotros no, nosotros seguíamos bien interesados en nosotros. De la confidencia a las caricias fuimos y volvimos varias veces hasta que se hizo arduo decir algo que realmente mereciera la pena ser dicho. Mis manos, con su nueva vocación recién descubierta, la atrajeron hasta que no cupo un alfiler entre los dos.

De ahí en más, la parte racional de mi cerebro cedió ante la avanzada de las funciones autónomas que tomaban por la fuerza el gobierno del cuerpo. No hubo negociaciones ni escaramuzas, fué un derrocamiento brutal, sin prisioneros. Tenía vagamente presente los "prodigios frágiles" sobre los que me había advertido en un susurro y esa incómoda sensación, como de irme sin pagar la cuenta, que había estado postergando para dedicar mi energía a mejores propósitos. Sin embargo resultaron una pobre frontera para mi deseo que soltaba galope tendido con toda la inmensidad por delante. Ella, como las flores, consciente de la brevísima existencia del rocío, se abrió a su urgencia delicada.

Cuando los sólidos alcanzan la temperatura de fusión, lo más sensato es dejar que se fundan.

Con su cabeza recostada contra mi pecho, reparé en dos puntos brillantes, inmóviles en la penumbra. Eran los ojos felinos de la única testigo de los hechos que amenazaba sigilosa con alcahuetear a los cuatro vientos lo que había visto. Parece que quedó seriamente perturbada por el escándalo a juzgar por las secuelas psicológicas que hasta hoy le duran.

"Quedate" - había que aprobar las cuentas y darles finiquito - "Volveré".