En su favor puedo decir que tal vez no era la peor de todas, de hecho Frau Müller, la de tercero, impresionaba (con toda justicia) como la hija bastarda de Hitler y la Yiya Murano, pero la Juknat - bien cretina graciadió - era la maestra que nos había tocado en carne propia y en suerte, mala suerte donde la hubiera. Como marco de referencia vale aclarar que el concepto "derechos del niño" no formaba parte de la currícula obligatoria del magisterio hace casi 40 años, pero tanto da que lo fuera, porque pocas chances habría tenido una maestra instruída en derechos humanos de ser empleada en el colegio alemán al que mis padres me mandaban.
A Mark y a mí nos unía el espanto, ambos teníamos en común cierto talento innato para provocar su ira por mucho que nos empeñáramos en pasar inadvertidos. Para empezar llegábamos tarde a clase y ella lo tomaba como una afrenta personal deliberadamente enderezada a menoscabar su autoridad docente y para continuar sus clases nos embolaban en grado sumo al punto de hacerse evidente. Realmente no me molestaba la cotidiana referencia a mi persona como "la manzana podrida de la clase" (en ingeniosa y originalísima alusión a mi apellido) tanto como sus gritos destemplados y su afición a zamarrearme de los hombros. En fin, una bruja pérfida peor que la de Hansel y Gretel.
Una tarde Mark me confesó su secreto deseo de asesinarla y me pareció bien, una idea de indiscutible lógica, una empresa digna de concitar la mayor mancomunación de voluntades y esfuerzo, decididamente una misión de vida. Había cabos sueltos en su plan, hay que decirlo, pero era una propuesta tan encantadora, tan movilizadora, tan perfecta en sí misma que cualquier objeción le quedaba chica. Él se puso a trabajar en el método de extermino, yo revisaba sus ocurrencias y pulía los detalles.
Esperaba con ansia el recreo de las tres para enterarme del modo (cuanto más letal, insidioso y cruento, mejor) en que nuestra archienemiga dejaría el mundo de los vivos.
- Inventé una píldora venenosa que cuando la tome se muere - me decía Mark
(Ahh, ya podía verla ahogándose en espuma una vez que tragara la cápsula de antibiótico que Mark había vaciado reemplazando su contenido por jabón en polvo)
- ¿Y cómo haremos para que la tome? - contestaba yo rogando que hubiera pensado en ese pormenor.
- Bueno, si eso no funciona tengo esta jeringa (y la tenía porque su padre era médico) la llenamos de kerosén, se la inyectamos y se muere - replicaba Mark
- ¿Y no se dará cuenta? - dudaba yo.
No terminábamos de redondear los aspectos incidentales de aquel homicidio justiciero pese a que la indudable repercusión benéfica del evento (sobre todo para nosotros) nos tenía concentrados y laboriosos como hormigas.
(¡¡¡HORMIIIGAAAS!!!, CÓMO NO SE ME OCURRIÓ)
- Lo tengo Mark, juntamos muchas hormigas, las ponemos en su silla, se le meten por el culo y la devoran por dentro hasta dejar sólo los huesos pelados, lo ví en la película "Marabunta" - le dije eufórico.
Mark sonreía con alegría genuina, exhultante como quien ganó la lotería. Parece que él también había visto la película en Matiné como en el cine de canal 11 el sábado anterior.
- Empezamos a juntar en el próximo recreo - me dijo.
Y eso hicimos. Compramos una bolsita de palitos salados y la comimos en un instante a fin de disponer de un recipiente que contuviera a nuestras silenciosas y letales cómplices. El recreo no alcanzó más que para reunir 6 o 7 de ellas pero estábamos muy entusiasmados, el plan cobraba forma con la ventaja adicional de la impunidad; al fin y al cabo se la comerían las hormigas, ellas solitas y por su propia cuenta. Guardé la bolsita bien cerrada bajo la tapa de mi pupitre junto al resto de los útiles y me puse a imaginar la escena de la masacre.
Mark estaba que se salía de la vaina, murmurador, inquieto, no paraba de reirse hasta que llamó la atención de la Juknat quien a los gritos pelados lo reconvino por su comportamiento con saña tenaz.
- ¡Sígame gritando - dijo Mark - sígame gritando nomás, ya va a ver cuando Manzano (o sea yo) le ponga las hormigas que juntamos en el culo!
- ¿Manzano va a hacer qué cosa? - dijo la Juknat mientras levantaba la tapa de mi pupitre para descubrir la bolsita de las hormigas, a esta altura achicharradas por la sal y el encierro.
Nos echó del aula a ambos y pude observarla mientras escribía en mi cuaderno de clases una mala nota dividida en libros, partes, capítulos, secciones y artículos, con expresa citación de ambos dos progenitores de uno bajo pena de impedirme el ingreso a la escuela al día siguiente.
Fué la crónica de una muerte anunciada, la mía por supuesto, cuando llegué a casa me pegaron hasta los vecinos.



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