Pensaba en ella como en esos porotos que durante años y años se usan en los boliches para apuntar los tantos de la baraja y que, al sembrarlos, germinan de inmediato recobrando su genuina naturaleza, haciéndose dueños de la finalidad para la que fueron creados. La metáfora me parecía brillante pero nunca se lo dije porque está visto que la galantería no termina de salirme al primer intento (y tampoco al último).
Su presencia me bastaba para sentirme feliz, cuando no estábamos juntos quería estar solo para poder imaginarla, pero había que hacer lo que debía hacerse.
No es que Dos y yo no estuviéramos de acuerdo respecto a tomar rumbos diferentes. Hacía tiempo que teníamos cuentas separadas, agendas separadas, proyectos separados y vidas individuales, no obstante nuestra coincidencia entre cuatro paredes y un techo. Lo habíamos hablado y ambos sabíamos que el futuro no nos encontraría juntos. Ella quería completar su esquema adoptando un niño y yo jamás consentiría criar un extraño cuando los míos propios habían sido excluídos de nuestra vida en común (aunque no de la mía por supuesto). En lo que entiendo de conflictos, esos intereses no parecían verosímilmente conciliables.
Habíamos hablado de eso dije, pero es una cosa hablar del camino y otra muy distinta caminarlo.
Lo que siguió no fué demasiado diferente de cualquier ruptura. El divorcio se parece a una espina clavada en la carne y como litigante tenía aprendido que los hombres, en general, se la quitan de un tirón y apretan la herida para que sangre y sane de una vez, las mujeres en cambio la remueven lentamente para recordar el dolor, aferrándose a cualquier cosa que alimente su voluntad de revancha. La cuestión prosaica de la liquidación de bienes se resolvió prácticamente: fuí generoso hasta el escalofrío (excepto claro con todo aquello que no estaba dispuesto a ceder) con tal de no dar ocasión de prolongar el proceso. Dos es pragmática, cerramos el trato.
En aquellos días rumiaba obsesivamente un párrafo inquietante de Ortega y Gasset (ambos) que describía con maravillosa elocuencia mis procesos mentales: "... Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino. Para mí la moral es lo que el hombre debe ser, (...) el ser inexorable de cada hombre, de cada pueblo. Por eso desde siempre (...) proclamaba como imperativo fundamental de la mía el grito del viejo Píndaro: quenoio hos eisi - llega a ser el que eres - ."
El martes mi hijo mayor Lucas me arrancó violentamente de mis elucubraciones. Cumplía 18 años el sábado 27 de octubre y se había puesto insistente (sabe Dios que el término le queda chico) en que se lo festejara el viernes a la noche en "Coyote", un local bailable en los bosques de Palermo (dale pa, dale pa, dale pa, dale pa). Quería brindar con todos sus 214 amigos, aparte de la familia, cuando dieran las doce. Contraté el salón y le dejé el resto de los detalles a mi madre.
La mañana del miércoles apareció un mensaje encriptado en la pantalla de la computadora:
From: Bacigalupo
To: Pablo Manzano
Sent: Wednesday, October 24, 2001 7:35 AM
Subject: Buen día
Quem vidi, quem amavi;
in quem credidi, quem delexi
Beso, Mónica.
Con la ayuda de un diccionario y reflotando los exiguos conocimientos de latín que me habían dejado el secundario y los libros de derecho, logré identificar las palabras aunque sin precisar su sentido en función del texto. Tenía una misión en la vida, traducirlo, no quería simplemente preguntarle. El jueves, después de clases, pasé por la secretaría académica de la Facultad de Traductorado Público con el papelito en la mano. No es fácil encontar expertos en lenguas muertas pero no soy de abandonar la empresa a la primera dificultad.
"No puedo ayudarlo doctor" - dijo la insensible y pérfida secretaria - "a esta hora no queda nadie, pero puedo darle el teléfono de una profesora si quiere coordinar con ella". Me fuí con el dato y esperé una hora prudente de la mañana del viernes para llamarla. Este fué el diálogo:
- "Doctora la molesto porque necesito traducir un texto en latín".
- "Estoy bastante ocupada pero si lo deja en secretaría lo miro y en todo caso nos reunimos el martes o miércoles de la semana que viene"
- (para entonces será tarde vieja de mierda insensible) "No quiero abusar de su amabilidad pero son sólo nueve palabras, si fuera usted tan gentil"
- "A ver dígame" y le dije.
- "Mire, quien le escribió esto está muy enamorada" y a renglón seguido me lo tradujo.
Me despedí con toda cortesía, hecho un manojo de gratitud, deseándole una larga y dichosa vida.
Estuve en las nubes todo el día. A la hora convenida fuí a Coyote, me senté en la mesa de los adultos y me obligué con esfuerzo a decir poco más que algunos monosílabos. Yo no quería estar ahí, yo quería ...
Los adolescentes se sacudían en tropel y gritaban como maníacos, la noche se iba y yo sin ...
Torta, velitas, cumpleaños feliz y la serie interminable de saludos. Ya eran las doce.
Lucas, ese muchacho tierno y boludón que lee mi semblante como un cartel de autopista, me dice
- "Pa, no es necesario que te quedes hasta el final, ahora viene el baile y te vas a aburrir."
- "¿Te parece Luquitas, qué van a pensar tus amigos?"
- "Nada, ni se van a dar cuenta que te fuiste"
Lo abracé y lo besuquié todo. Fuí al baño y marqué un número conocido con el alma subiéndome por el garguero. Tardó en atender, lógico eran como las dos de la mañana. El ruido era atronador.
- "¿Ya estabas dormida"? - pregunté
- "No, estaba leyendo, ¿cómo está la fiesta?" - preguntó
- "Y, viste como son los chicos, ahora empieza el baile para ellos y el embole para mi" - ensayé
- "¿Te vas a quedar mucho más?" - ensayó
- "¿Vos ya te vas a dormir?" - probé de nuevo
- "Vení, te espero"
SSSSSSSSIIIIIIIIIII
- "Me voy" - dije a los presentes
- "Me dejás de pasada" - dijo mi madre
- (nooo vieja de mierda aguafiesta) "¿Por qué no te quedás un rato más y después te lleva Gustavo"? (mi hermano)
- "Porque ya estoy cansada, llevame a mi casa"
Afuera se había desatado la tormenta del fin del mundo. De Palermo a Belgrano con el limpiaparabrisas a tope y una visibilidad de tres metros. Iba a 80 y la vieja rompiendo las bolas con que nos íbamos a matar. Llegamos.
"Espero que pare un poco y me bajo" - dijo
"Te bajás ahora porque no va a parar"
De Belgrano a Vicente López a lo que diera el pedal. La cortina de agua era terrible, parecía que los elementos se conjuraban en mi contra. Las calles inundadas de bote a bote, una laguna entre mi amor y yo. "Vos podés" le dije al auto y cruzó.
La llamé de camino y me estaba esperando en la puerta, con su pantalón pijama de color rojo. No bien entramos la ropa que traía puesta empapada empezó a secarse en una silla.
Nos encontramos en un chat el 20 de agosto de 2001, nos conocimos el 8 de octubre siguiente, y desde aquel sábado 27 estamos juntos.
"Mañana; y mañana después de mañana. Qué linda es a veces la palabra 'mañana'" - me dijo.
viernes, 25 de abril de 2008
jueves, 24 de abril de 2008
10. (Inconveniente para menores)
No recuerdo haber esperado con tanto ansia un evento. Las 9 de la noche del viernes 19 de octubre de 2001 llegaron junto con la sospecha firme de que el horizonte era algo tan alcanzable como cualquier otra cosa.
Toqué timbre con las manos llenas; un vino que había dormido diez años, un ramo de rosas y una caja de bombones (el protocolo completo). Ella estaba espléndida con aquel vestido negro, lo bastante sobrio como para no delatar abiertamente sus encantos y lo bastante ajustado como para adivinarlos sin tanto esfuerzo. Había trabajado para crear el ambiente propicio, todo estaba dispuesto con muy buen gusto.
Una charla breve, algunos acercamientos decorosamente efusivos y la cena. Yo sentía como si mi garganta terminara en el vacío, como si no tuviera vísceras, pero aún así comí todo lo que me ofreció (cóctel de camarones, lomo con vegetales caramelizados y un postre hecho de frambuesas, crema y merengue). El banquete debió haber estado a punto porque en cierto momento de la cena ella puso su mano sobre la mía y desde entonces en adelante corté la carne con el tenedor usando solamente la mano libre. "Sentate en el sofá, ya traigo el café".
Jacinta (su simpática gatita) malinterpretó las señales que le dí. No acababa de sentarme cuando saltó jubilosa a mi regazo y se puso a cazarme la corbata. Con cautela, sin estridencias y disimuladamente le metí semejante sopapo que aterrizó sin escalas bajo la mesa y allí se quedó observándome agazapada (vos no me vas a cagar la vida gata de mierda). Cuando vino su ama y se sentó al lado mío, volvió triunfante a la carga enrostrándome su inmunidad diplomática. La Tana la apartó y tras algunas insistencias perdió momentáneamente el interés en nosotros.
Pero nosotros no, nosotros seguíamos bien interesados en nosotros. De la confidencia a las caricias fuimos y volvimos varias veces hasta que se hizo arduo decir algo que realmente mereciera la pena ser dicho. Mis manos, con su nueva vocación recién descubierta, la atrajeron hasta que no cupo un alfiler entre los dos.
De ahí en más, la parte racional de mi cerebro cedió ante la avanzada de las funciones autónomas que tomaban por la fuerza el gobierno del cuerpo. No hubo negociaciones ni escaramuzas, fué un derrocamiento brutal, sin prisioneros. Tenía vagamente presente los "prodigios frágiles" sobre los que me había advertido en un susurro y esa incómoda sensación, como de irme sin pagar la cuenta, que había estado postergando para dedicar mi energía a mejores propósitos. Sin embargo resultaron una pobre frontera para mi deseo que soltaba galope tendido con toda la inmensidad por delante. Ella, como las flores, consciente de la brevísima existencia del rocío, se abrió a su urgencia delicada.
Cuando los sólidos alcanzan la temperatura de fusión, lo más sensato es dejar que se fundan.
Con su cabeza recostada contra mi pecho, reparé en dos puntos brillantes, inmóviles en la penumbra. Eran los ojos felinos de la única testigo de los hechos que amenazaba sigilosa con alcahuetear a los cuatro vientos lo que había visto. Parece que quedó seriamente perturbada por el escándalo a juzgar por las secuelas psicológicas que hasta hoy le duran.
"Quedate" - había que aprobar las cuentas y darles finiquito - "Volveré".
Toqué timbre con las manos llenas; un vino que había dormido diez años, un ramo de rosas y una caja de bombones (el protocolo completo). Ella estaba espléndida con aquel vestido negro, lo bastante sobrio como para no delatar abiertamente sus encantos y lo bastante ajustado como para adivinarlos sin tanto esfuerzo. Había trabajado para crear el ambiente propicio, todo estaba dispuesto con muy buen gusto.
Una charla breve, algunos acercamientos decorosamente efusivos y la cena. Yo sentía como si mi garganta terminara en el vacío, como si no tuviera vísceras, pero aún así comí todo lo que me ofreció (cóctel de camarones, lomo con vegetales caramelizados y un postre hecho de frambuesas, crema y merengue). El banquete debió haber estado a punto porque en cierto momento de la cena ella puso su mano sobre la mía y desde entonces en adelante corté la carne con el tenedor usando solamente la mano libre. "Sentate en el sofá, ya traigo el café".
Jacinta (su simpática gatita) malinterpretó las señales que le dí. No acababa de sentarme cuando saltó jubilosa a mi regazo y se puso a cazarme la corbata. Con cautela, sin estridencias y disimuladamente le metí semejante sopapo que aterrizó sin escalas bajo la mesa y allí se quedó observándome agazapada (vos no me vas a cagar la vida gata de mierda). Cuando vino su ama y se sentó al lado mío, volvió triunfante a la carga enrostrándome su inmunidad diplomática. La Tana la apartó y tras algunas insistencias perdió momentáneamente el interés en nosotros.
Pero nosotros no, nosotros seguíamos bien interesados en nosotros. De la confidencia a las caricias fuimos y volvimos varias veces hasta que se hizo arduo decir algo que realmente mereciera la pena ser dicho. Mis manos, con su nueva vocación recién descubierta, la atrajeron hasta que no cupo un alfiler entre los dos.
De ahí en más, la parte racional de mi cerebro cedió ante la avanzada de las funciones autónomas que tomaban por la fuerza el gobierno del cuerpo. No hubo negociaciones ni escaramuzas, fué un derrocamiento brutal, sin prisioneros. Tenía vagamente presente los "prodigios frágiles" sobre los que me había advertido en un susurro y esa incómoda sensación, como de irme sin pagar la cuenta, que había estado postergando para dedicar mi energía a mejores propósitos. Sin embargo resultaron una pobre frontera para mi deseo que soltaba galope tendido con toda la inmensidad por delante. Ella, como las flores, consciente de la brevísima existencia del rocío, se abrió a su urgencia delicada.
Cuando los sólidos alcanzan la temperatura de fusión, lo más sensato es dejar que se fundan.
Con su cabeza recostada contra mi pecho, reparé en dos puntos brillantes, inmóviles en la penumbra. Eran los ojos felinos de la única testigo de los hechos que amenazaba sigilosa con alcahuetear a los cuatro vientos lo que había visto. Parece que quedó seriamente perturbada por el escándalo a juzgar por las secuelas psicológicas que hasta hoy le duran.
"Quedate" - había que aprobar las cuentas y darles finiquito - "Volveré".
miércoles, 23 de abril de 2008
9.
No hay nada más inspirador que ponerse en ventaja en los primeros diez minutos de juego. Habíamos ido más allá de las palabras (dudaba si fué mi iniciativa o la de ella) y no estaba dispuesto a dejar que la cosa se enfriara.
Tenía por delante una semana bien movida pero me hice tiempo para llamarla el martes. Me contó que estaba haciendo un taller literario con una autora muy prestigiosa en la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo y que cursaba los miércoles a las cuatro y media de la tarde. Estaba ofendida con su Presidenta (doña Hebe) por las simpáticas declaraciones que hizo a propósito del atentado a las torres gemelas, pero iría, según me dijo, de todos modos.
Ese miércoles yo debía tomar examen en la Facultad; la mesa se abría a las cinco y media. Estaba perdido ("cuando no estoy con vos ando como perdido"), y, en pleno síndrome de abstinencia, no hacía otra cosa que pensar en los holluelos de su sonrisa. Había que hacer algo.
Llegué temprano a la oficina y llamé a mi secretaria.
- Por favor buscame en las páginas amarillas, en internet o como sea, la dirección de la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo.
- ¿Por qué? ¿qué pasa? - preguntó.
- Porque allí enseña un viejo profesor mío que me enteré que está muy mal de salud y quiero pasar a saludarlo - insistí.
- ¿Y por qué no preguntas en la UBA o te averiguo la dirección de su Estudio en la página del Colegio Público? - siempre la misma respondona.
- Maru por favor hacé lo que te digo (no tenía energía para discutir)
- Bue ... está bien. Por fin.
Volvió como a la hora y media con la dirección anotadita en un papel. Me contó que había llamado a los dos teléfonos que obtuvo y que la primera vez la sacaron cagando: "Eso es de la Línea Fundadora" le ladraron. Parece que entre las Madres se llevan como el culo. (Cómo puede haber gente que se pelee pensé). Quedaba en Congreso, barrio que tomó su nombre de la estación de subte que le pasa por debajo.
- Bien, ahora conseguime un lugar donde comprar flores en Congreso - le pedí.
- Pero no era un hombre al que ibas a ver - no se le escapaba nada.
- Sí pero también conozco a su mujer y enseña en el mismo lugar (hacéme el maldito favor de dejar de cuestionarme).
Cumplió el mandado. Ya estaba listo.
Por entonces había marchas todos los días frente al Congreso, el taxi me dejó a un millón de cuadras. Salí de la florería con la lengua afuera, portando una sola rosa ecuatoriana, de tallo casi tan alto como yo. A las cuatro y cuarto estaba parado como una estaca en la puerta esperando que ella apareciera. Llegó cuatro y veinticinco, teníamos cinco minutos para tomar un café y yo aproveché cada segundo para mirarla. En cierto punto volqué la taza mientras me inclinaba sobre la mesa intentando volver a besarla.
"Este viernes voy a cocinar para vos" - cinco palabras pueden perfectamente representar el Cielo.
Nos despedimos, otro beso en la calle (es curioso, hasta ese día me habían molestado los desubicados que dan espectáculos impúdicos a la vista de todo el mundo) y otro taxi. Tenía apenas tiempo de llegar a la UBA puntual.
Éramos dos tomando exámen (otra adjunta y yo) y los alumnos eran cien mil. Puse el oído en piloto automático mientras escuchaba el disco rayado de sus mentes huérfanas de conocimiento. Completé el Acta y se la dí a Virginia (mi compañera) para que la firme.
"Aprobaste a casi todos" - dijo - "quiero un poco de lo que vos estás tomando"
"¿Ehhh?"
Tenía por delante una semana bien movida pero me hice tiempo para llamarla el martes. Me contó que estaba haciendo un taller literario con una autora muy prestigiosa en la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo y que cursaba los miércoles a las cuatro y media de la tarde. Estaba ofendida con su Presidenta (doña Hebe) por las simpáticas declaraciones que hizo a propósito del atentado a las torres gemelas, pero iría, según me dijo, de todos modos.
Ese miércoles yo debía tomar examen en la Facultad; la mesa se abría a las cinco y media. Estaba perdido ("cuando no estoy con vos ando como perdido"), y, en pleno síndrome de abstinencia, no hacía otra cosa que pensar en los holluelos de su sonrisa. Había que hacer algo.
Llegué temprano a la oficina y llamé a mi secretaria.
- Por favor buscame en las páginas amarillas, en internet o como sea, la dirección de la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo.
- ¿Por qué? ¿qué pasa? - preguntó.
- Porque allí enseña un viejo profesor mío que me enteré que está muy mal de salud y quiero pasar a saludarlo - insistí.
- ¿Y por qué no preguntas en la UBA o te averiguo la dirección de su Estudio en la página del Colegio Público? - siempre la misma respondona.
- Maru por favor hacé lo que te digo (no tenía energía para discutir)
- Bue ... está bien. Por fin.
Volvió como a la hora y media con la dirección anotadita en un papel. Me contó que había llamado a los dos teléfonos que obtuvo y que la primera vez la sacaron cagando: "Eso es de la Línea Fundadora" le ladraron. Parece que entre las Madres se llevan como el culo. (Cómo puede haber gente que se pelee pensé). Quedaba en Congreso, barrio que tomó su nombre de la estación de subte que le pasa por debajo.
- Bien, ahora conseguime un lugar donde comprar flores en Congreso - le pedí.
- Pero no era un hombre al que ibas a ver - no se le escapaba nada.
- Sí pero también conozco a su mujer y enseña en el mismo lugar (hacéme el maldito favor de dejar de cuestionarme).
Cumplió el mandado. Ya estaba listo.
Por entonces había marchas todos los días frente al Congreso, el taxi me dejó a un millón de cuadras. Salí de la florería con la lengua afuera, portando una sola rosa ecuatoriana, de tallo casi tan alto como yo. A las cuatro y cuarto estaba parado como una estaca en la puerta esperando que ella apareciera. Llegó cuatro y veinticinco, teníamos cinco minutos para tomar un café y yo aproveché cada segundo para mirarla. En cierto punto volqué la taza mientras me inclinaba sobre la mesa intentando volver a besarla.
"Este viernes voy a cocinar para vos" - cinco palabras pueden perfectamente representar el Cielo.
Nos despedimos, otro beso en la calle (es curioso, hasta ese día me habían molestado los desubicados que dan espectáculos impúdicos a la vista de todo el mundo) y otro taxi. Tenía apenas tiempo de llegar a la UBA puntual.
Éramos dos tomando exámen (otra adjunta y yo) y los alumnos eran cien mil. Puse el oído en piloto automático mientras escuchaba el disco rayado de sus mentes huérfanas de conocimiento. Completé el Acta y se la dí a Virginia (mi compañera) para que la firme.
"Aprobaste a casi todos" - dijo - "quiero un poco de lo que vos estás tomando"
"¿Ehhh?"
martes, 22 de abril de 2008
Otro tema
Esta mañana miraba el programa Mañanas Informales mientras terminaba de vestirme. Ya no es igual sin Guinzburg.
Una nota de color me llamó la atención: Con alarde de un desvelo social inusitado el amigo Roni Arias entrevistó al pintoresco grupo de personas (en su mayoría madres jóvenes con ristras de críos colgados de las tetas) que diariamente se autoconvocan en el cinturón ecológico, mas o menos a la hora en que empiezan a descargar los camiones recolectores, para hurgar en la basura buscando su supervivencia. La cámara no ahorró los detalles escalofriantes (todo sea por la verdad verdadera), podía verse a esas chicas comiéndose lo que sacaban de las bolsas de residuos y dándoselo a sus hijos.
El periodismo es un sacerdocio, no puede quedarse en el mero descubrimiento, en la noticia fácil y entradora, así que fueron por más. Eligieron entre las pobres gentes a una chica (desmejorada por el rigor pero ciertamente preciosa) que tuviera el número suficiente de dientes y neuronas útiles como para no malgastar esfuerzos de maquillaje y minutos de aire, respectivamente, y la llevaron al programa para entrevistarla.
El profesionalismo sagaz de estos nobles comunicadores sociales puso las cosas en blanco sobre negro:
- ¿Alguna vez comiste algo en mal estado? preguntó la simpática Ernestina.
- Yo siempre pruebo antes de darle a los chicos, si encuentro queso por ejemplo, me fijo que no tenga esa capa verde que se le forma cuando está feo.
- Yo sé que vos no elegiste esto (un capo Roni), pero ¿por qué seguís haciéndolo?
- Porque cobro $ 350 del plan pero lo gasto todo en el alquiler de la pieza y no tengo para darle de comer a los chicos.-
¿Y qué fué lo más extraño que encontraste en la basura? (de nuevo la incisiva Ernestina).
- Una vuelta encontré un billete de $ 50, estaba chocha, pero al final era falso.
Después de esto, la lúcida reflexión final del entrevistador: "No somos concientes del bien que haríamos si todos separáramos los residuos de alimentos del resto de los deperdicios para que no se mezclen".
Allí señores, sin lugar a dudas, está la clave de bóveda del problema: Cuanto menor sea el número de bolsas a revolver, mayor será la probabilidad de encontrar alimento en condiciones.
Y el gracioso desenfado de Ernestina: ¿Qué le pedirías al Estado o a la gente del CEAMSE (empresa recolectora)?
- Ellos son muy buenos, siempre nos dejan revisar tranquilos, hasta la policía (mencionó incluso el nombre del comisario) no nos molesta. Lo que yo necesito es una vivienda (se le olvidó mencionar los detalles edilicios y la ubicación de su preferencia) para no tener que pagar $ 350 de alquiler y poder comprar en el supermercado como todo el mundo. Sabe que pasa? cuando uno llega al basural pierde dignidad porque toma el lugar de las ratas, de los perros callejeros (dijo en medio de sollozos muy bien calculados la frase que seguramente le estaría soplando alguien de la producción).
Una cosa me vino a la mente después de mirar la entrevista. ¿Dónde mierda quedó la tan trillada sensibilidad de los homosexuales? Y no estoy discriminando al amigo Roni, porque cuando yo discrimino uso casi siempre la expresión "puto de mierda" separando y enfatizando en cuanto sea posible cada una de las letras de la palabra M I E R D A.
Me pasa como a Duda, tengo los huevos al plato. Me cansa el desfile cotidiano de mangueros y vendedores variopintos en el tren, los desconsiderados de cualquier bando que cortan rutas, los políticos y sus soluciones con fecha de vencimiento (generalmente coincidente con el fin de su mandato), los que se quejan, los que no, todos me inflan.
Hace rato que vengo pensando en una idea y no me atrevía a decirla en voz alta: a lo mejor la solución está más próxima al problema de lo que creemos, a lo mejor no cuadra esperarlo todo del Estado o de las "fuerzas vivas", a lo mejor no son los políticos que votamos cuando arreglan nuestra calle y les retiramos nuestra lealtad si destinan ese mismo dinero a la educación y a la salud que revelaron hace tiempo su sobrada idoneidad para impulsar la movilidad social ascendente y disminuir el incómodo número de pobres que nos rodean, a lo mejor no alcanza con apartar de la vista el espectáculo obsceno de la miseria, y del paso los insolentes montículos de excremento humano que diariamente pisamos.
A lo mejor no podemos ser sin "el otro" y todavía no lo entendemos.
Una nota de color me llamó la atención: Con alarde de un desvelo social inusitado el amigo Roni Arias entrevistó al pintoresco grupo de personas (en su mayoría madres jóvenes con ristras de críos colgados de las tetas) que diariamente se autoconvocan en el cinturón ecológico, mas o menos a la hora en que empiezan a descargar los camiones recolectores, para hurgar en la basura buscando su supervivencia. La cámara no ahorró los detalles escalofriantes (todo sea por la verdad verdadera), podía verse a esas chicas comiéndose lo que sacaban de las bolsas de residuos y dándoselo a sus hijos.
El periodismo es un sacerdocio, no puede quedarse en el mero descubrimiento, en la noticia fácil y entradora, así que fueron por más. Eligieron entre las pobres gentes a una chica (desmejorada por el rigor pero ciertamente preciosa) que tuviera el número suficiente de dientes y neuronas útiles como para no malgastar esfuerzos de maquillaje y minutos de aire, respectivamente, y la llevaron al programa para entrevistarla.
El profesionalismo sagaz de estos nobles comunicadores sociales puso las cosas en blanco sobre negro:
- ¿Alguna vez comiste algo en mal estado? preguntó la simpática Ernestina.
- Yo siempre pruebo antes de darle a los chicos, si encuentro queso por ejemplo, me fijo que no tenga esa capa verde que se le forma cuando está feo.
- Yo sé que vos no elegiste esto (un capo Roni), pero ¿por qué seguís haciéndolo?
- Porque cobro $ 350 del plan pero lo gasto todo en el alquiler de la pieza y no tengo para darle de comer a los chicos.-
¿Y qué fué lo más extraño que encontraste en la basura? (de nuevo la incisiva Ernestina).
- Una vuelta encontré un billete de $ 50, estaba chocha, pero al final era falso.
Después de esto, la lúcida reflexión final del entrevistador: "No somos concientes del bien que haríamos si todos separáramos los residuos de alimentos del resto de los deperdicios para que no se mezclen".
Allí señores, sin lugar a dudas, está la clave de bóveda del problema: Cuanto menor sea el número de bolsas a revolver, mayor será la probabilidad de encontrar alimento en condiciones.
Y el gracioso desenfado de Ernestina: ¿Qué le pedirías al Estado o a la gente del CEAMSE (empresa recolectora)?
- Ellos son muy buenos, siempre nos dejan revisar tranquilos, hasta la policía (mencionó incluso el nombre del comisario) no nos molesta. Lo que yo necesito es una vivienda (se le olvidó mencionar los detalles edilicios y la ubicación de su preferencia) para no tener que pagar $ 350 de alquiler y poder comprar en el supermercado como todo el mundo. Sabe que pasa? cuando uno llega al basural pierde dignidad porque toma el lugar de las ratas, de los perros callejeros (dijo en medio de sollozos muy bien calculados la frase que seguramente le estaría soplando alguien de la producción).
Una cosa me vino a la mente después de mirar la entrevista. ¿Dónde mierda quedó la tan trillada sensibilidad de los homosexuales? Y no estoy discriminando al amigo Roni, porque cuando yo discrimino uso casi siempre la expresión "puto de mierda" separando y enfatizando en cuanto sea posible cada una de las letras de la palabra M I E R D A.
Me pasa como a Duda, tengo los huevos al plato. Me cansa el desfile cotidiano de mangueros y vendedores variopintos en el tren, los desconsiderados de cualquier bando que cortan rutas, los políticos y sus soluciones con fecha de vencimiento (generalmente coincidente con el fin de su mandato), los que se quejan, los que no, todos me inflan.
Hace rato que vengo pensando en una idea y no me atrevía a decirla en voz alta: a lo mejor la solución está más próxima al problema de lo que creemos, a lo mejor no cuadra esperarlo todo del Estado o de las "fuerzas vivas", a lo mejor no son los políticos que votamos cuando arreglan nuestra calle y les retiramos nuestra lealtad si destinan ese mismo dinero a la educación y a la salud que revelaron hace tiempo su sobrada idoneidad para impulsar la movilidad social ascendente y disminuir el incómodo número de pobres que nos rodean, a lo mejor no alcanza con apartar de la vista el espectáculo obsceno de la miseria, y del paso los insolentes montículos de excremento humano que diariamente pisamos.
A lo mejor no podemos ser sin "el otro" y todavía no lo entendemos.
lunes, 21 de abril de 2008
8.
La dejé en su puerta y nos despedimos (sin tocarle una uña). Mientras manejaba de regreso esa noche (y la siguiente y la otra después de esa porque para entonces había adquirido el productivo hábito de no dormir) hacía ensayos especulativos respecto al nombre que tendría todo aquello que me estaba pasando, no tanto por falta de experiencias previas (que las tenía por cierto) sino en virtud del contexto en el que se daban las cosas, como descolocando mi percepción de las emociones. Pero todo tiene un nombre.
Ella era cautelosa, intuía que yo le interesaba en alguna medida y si andaba "a tientas, como en un laberinto" era por puro imperio de las circunstancias. El problema era que tampoco yo tenía horizontes claros, la única certeza era aquella voluntad constante y perpetua de pasar el mayor tiempo posible a su lado. No iba a durar mucho en esa parálisis (esto es otra cosa que sé respecto a como soy), tras un día de reflexiones desprolijas elegí deliberadamente el texto para no cometer nuevas torpezas. Me senté y escribí, a fin de cuentas lo que estaba a punto de decir era objetivamente cierto y no era en sí mismo dañino.
"Desde que llegaste a mi vida estoy de parto; tal vez no sea un buen momento para enamorarme y sin embargo..."
Ella me puso en hielo, en una inusitada cantidad de hielo: "La jaula se ha vuelto pájaro... te acordás? Y tengo miedo. Regalame tiempo. Creo que entendés desde dónde vengo. Regalate tiempo".
(Claro que sé de dónde venís y sé también que podés aspirar, de mínima, a un candidato del que se pueda hablar; pero ¿adiviná qué? me abanico con la perorata inconsecuente de tu iglesia tiránica, con la comodidad inerte de que todo siga como está, con la conciencia de que los pactos sujetan a las partes como la ley misma, con toda idea de predestinación y fatalidad y con la recalcada madre que los parió. Lo que conduzca a privarme de vos un sólo minuto, será tenido en adelante por no escrito. Y punto).
Había que hacer algo pronto. El lunes la llamé como si tal cosa y la invité a tomar un café por ahí.
"Vení a casa y comprá unas masitas por el camino, tomamos mate y charlamos". Sésamo por fin se abría y yo ni siquiera había dicho las palabras mágicas. Tenía apenas tres horas para prepararme.
A metros del lugar donde cursaba un posgrado había una joyería de cierto predicamento especializada en la fabricación de tallas y alhajas con cristal de roca. Entré decidido y me recibió un empleado afeminado acicaladito como para ir de comunión. Como parecía saber dos o tres cosas de su oficio y yo lo ignoraba todo, le dejé la iniciativa.
- ¿Cuál es la ocasión del obsequio, caballero?
- Mire, quiero quedar muy bien con una mujer.
- ¿Y conoce sus preferencias?
- (Si las conociera no te estaría preguntando a vos puto de mierda) La verdad no, me imagino que algo delicado (ahí me salió a mí el bufarrón).
- Voy a mostrarle una pieza que la dejará deslumbrada.
Sacó varias chucherías y las desparramó sobre un paño negro. Como cada una tenía su historia dedicó tiempo a contarme los detalles de fabricación. Lo escuché con sumo interés tratando de retener la información; resultó de lo más ameno Frutillita. Cualquiera que pasara por ahí se hubiera escandalizado; parecíamos dos alegres mariquitas hablando de preciosidades.
Me convenció (seis cuotas bien tupidas con tarjeta de crédito), era un prendedor de tallo dorado que remataba en una pequeña rosa de cristal de roca.
Llegué puntual (nunca he sido más puntual en mi vida). Ella bajó a abrirme.
Vivía en un coqueto departamento con magnífica vista al Río de la Plata. Mientras iba y venía de la cocina me puse a chusmear su biblioteca: No tenía un sólo libro al pedo.
Jacinta, una gata cachorrita fea como el demonio llegada apenas unos días antes, jugaba a cazarme los pies. Me hinchó las pelotas hasta cansarse, dejando bien en claro cómo sería nuestra relación a futuro.
Otra vez su voz, dócil al ruego y su trato cálido envolviéndonos mientras la tarde nos caía encima.
(ESA BOCA ...)
Le dí la flor. "Gracias, hacía falta un buen regalo".
Estaba en el limbo, feliz y despreocupado como si no hubiera nada que arreglar, pero el tiempo no mostró ninguna cortesía.
"Bajo a abrirte" - dijo - y contra toda esperanza el ascensor no se detuvo entre pisos.
"¿Qué estás haciendo?" - preguntó en la puerta mientras avanzaba la infantería de su labios
(Lo que realmente quiero) - pensé mientras la besaba.
De vuelta en el auto venía pensando en lo lento que estuve al no procurar ese instante en su living, cuando todavía había tiempo para saborear. (Pelotudo y mil veces pelotudo).
Ella era cautelosa, intuía que yo le interesaba en alguna medida y si andaba "a tientas, como en un laberinto" era por puro imperio de las circunstancias. El problema era que tampoco yo tenía horizontes claros, la única certeza era aquella voluntad constante y perpetua de pasar el mayor tiempo posible a su lado. No iba a durar mucho en esa parálisis (esto es otra cosa que sé respecto a como soy), tras un día de reflexiones desprolijas elegí deliberadamente el texto para no cometer nuevas torpezas. Me senté y escribí, a fin de cuentas lo que estaba a punto de decir era objetivamente cierto y no era en sí mismo dañino.
"Desde que llegaste a mi vida estoy de parto; tal vez no sea un buen momento para enamorarme y sin embargo..."
Ella me puso en hielo, en una inusitada cantidad de hielo: "La jaula se ha vuelto pájaro... te acordás? Y tengo miedo. Regalame tiempo. Creo que entendés desde dónde vengo. Regalate tiempo".
(Claro que sé de dónde venís y sé también que podés aspirar, de mínima, a un candidato del que se pueda hablar; pero ¿adiviná qué? me abanico con la perorata inconsecuente de tu iglesia tiránica, con la comodidad inerte de que todo siga como está, con la conciencia de que los pactos sujetan a las partes como la ley misma, con toda idea de predestinación y fatalidad y con la recalcada madre que los parió. Lo que conduzca a privarme de vos un sólo minuto, será tenido en adelante por no escrito. Y punto).
Había que hacer algo pronto. El lunes la llamé como si tal cosa y la invité a tomar un café por ahí.
"Vení a casa y comprá unas masitas por el camino, tomamos mate y charlamos". Sésamo por fin se abría y yo ni siquiera había dicho las palabras mágicas. Tenía apenas tres horas para prepararme.
A metros del lugar donde cursaba un posgrado había una joyería de cierto predicamento especializada en la fabricación de tallas y alhajas con cristal de roca. Entré decidido y me recibió un empleado afeminado acicaladito como para ir de comunión. Como parecía saber dos o tres cosas de su oficio y yo lo ignoraba todo, le dejé la iniciativa.
- ¿Cuál es la ocasión del obsequio, caballero?
- Mire, quiero quedar muy bien con una mujer.
- ¿Y conoce sus preferencias?
- (Si las conociera no te estaría preguntando a vos puto de mierda) La verdad no, me imagino que algo delicado (ahí me salió a mí el bufarrón).
- Voy a mostrarle una pieza que la dejará deslumbrada.
Sacó varias chucherías y las desparramó sobre un paño negro. Como cada una tenía su historia dedicó tiempo a contarme los detalles de fabricación. Lo escuché con sumo interés tratando de retener la información; resultó de lo más ameno Frutillita. Cualquiera que pasara por ahí se hubiera escandalizado; parecíamos dos alegres mariquitas hablando de preciosidades.
Me convenció (seis cuotas bien tupidas con tarjeta de crédito), era un prendedor de tallo dorado que remataba en una pequeña rosa de cristal de roca.
Llegué puntual (nunca he sido más puntual en mi vida). Ella bajó a abrirme.
Vivía en un coqueto departamento con magnífica vista al Río de la Plata. Mientras iba y venía de la cocina me puse a chusmear su biblioteca: No tenía un sólo libro al pedo.
Jacinta, una gata cachorrita fea como el demonio llegada apenas unos días antes, jugaba a cazarme los pies. Me hinchó las pelotas hasta cansarse, dejando bien en claro cómo sería nuestra relación a futuro.
Otra vez su voz, dócil al ruego y su trato cálido envolviéndonos mientras la tarde nos caía encima.
(ESA BOCA ...)
Le dí la flor. "Gracias, hacía falta un buen regalo".
Estaba en el limbo, feliz y despreocupado como si no hubiera nada que arreglar, pero el tiempo no mostró ninguna cortesía.
"Bajo a abrirte" - dijo - y contra toda esperanza el ascensor no se detuvo entre pisos.
"¿Qué estás haciendo?" - preguntó en la puerta mientras avanzaba la infantería de su labios
(Lo que realmente quiero) - pensé mientras la besaba.
De vuelta en el auto venía pensando en lo lento que estuve al no procurar ese instante en su living, cuando todavía había tiempo para saborear. (Pelotudo y mil veces pelotudo).
viernes, 18 de abril de 2008
7.
La llevé hasta su puerta y me despedí de ella con toda (contención) corrección. No podía borrar mi estúpida sonrisa mientras acordábamos la hora en que pasaría a buscarla el viernes siguiente para ir a cenar. Durante el viaje de vuelta por la Avenida del Libertador divisé a mano derecha un restaurante lo bastante ampuloso como para avenirse a mi propósito de impresionarla. No tomé nota del nombre pero si retuve que tenía dos antorchas encendidas flanqueando la entrada. Tenía que ser ahí, justo ahí y sólo ahí (el lugar se llamaba Dallas y años después su dueño cometería un crimen que obligó a cambiarle el nombre, hoy se llama Las Olas y le pusieron así para aprovechar algunas letras del cartel original).
Mi imaginación había dibujado a grandes rasgos su contorno con razonable aproximación. Resultaron ciertos los matices de una estética sobria, serena, pero quedaron fuera de cálculo sus ojos tibios y atentos, sus manos elegantes y aquella mirada hospitalaria, abierta de par en par (el resto de los detalles no me pasó inadvertido, me los callo porque no vienen al caso).
Así le escribí: "Dios, quien ante todo es sensato, tuvo fundados motivos para excluir tu belleza templada de sus huestes de vírgenes y eunucos (...) en su lugar hubiese hecho lo mismo".
"Menos textos, más presencia. El mejor rumbo." - respondió.
Faltaba poco para el día D, tenía que prepararme. Busqué en todas las grandes librerías del centro una obra de Popper de la que habíamos estado hablando y la última edición estaba agotada. Pero tenía que ser ese libro y no otro, era una cuestión de estado. Un librero me lo consiguió para el jueves de esa semana pero al doble (por lo menos) del precio de lista. Primer ítem: listo.
Por las dudas le hice un service completo al auto (era modelo '99, no tenía ni dos años y estaba muy bien cuidado, pero uno nunca sabe). Segundo ítem: listo.
Me compré un traje, una camisa y una corbata. Tercer ítem: listo.
Le pedí a mi secretaria que hiciera reservaciones para dos en un restaurante de Martínez, cuyo nombre no recordaba, pero que tenía antorchas en la puerta. ¿Y cómo lo encuentro? - preguntó - ¿Querés que cambiemos tareas, vos auditas juicios y yo lo busco? - contesté. Se fué murmurando obscenidades. Volvió para decirme que no lo ubicó en internet, ni siquiera en la guía de restaurantes. - Bueno, ya dijiste dónde no lo encontraste, volvé cuando sí lo encuentres - le sugerí amablemente. De salida vi el prolijo papelito amarillo pegado sobre el escritorio donde se leía de su puño y letra: "No lo encontré y te vas a la mierda". Iba a la cita sin un plan, estaba deshauciado.
Llegué diez minutos antes de la hora convenida y toqué el portero eléctrico. - Ya bajo - dijo ella. El "ya" duró bastante más que un instante.
Finalmente cenamos en un lugar tranquilo de San Isidro, con ambiente propicio para la intimidad. Yo tenía (los nervios de punta) una ligera inquietud, ordené trucha con papas rejilla (no me creí capaz de tragar algo más consistente) y un vino rosado de uvas malbec. Ella se plegó a mi pedido. Conversamos y conversamos (y yo no podía pinchar las malditas papas con el tenedor, de tan crocantes se hacían astillas al primer intento). "¿Por qué no las agarrás con la mano como hace todo el mundo?" - dijo - (porque esta noche soy el Duque de Orleans, carajo!).
Frente a ella yo estaba en el país de la mismidad, ese territorio agradable donde se puede ser uno mismo liso y llano, despreocupadamente, y decir lo que se piensa, y sentir como uno siente. No tardó en conectarse con mi angustia, así como estaba, sin datos ni mapas, ni siquiera alguna pista del torbellino que me pasaba por la cabeza.
Pagué la cuenta y salimos, le propuse tomar el café en algún otro sitio. Anduvimos bastante hasta encontrar un barcito abierto. Seguimos hablando (mas bien yo seguí parloteando) hasta que en cierto punto me dijo: "Ya no puedo seguirte el ritmo, lo que me contás requiere oídos bien atentos y ya estoy muerta de cansada" (traducción: por qué no te callás de una maldita vez que me tenés recontrapodrida).
Definitivamente dos cosas; 1) no era muy ducha en el uno a uno entre géneros, y 2) ya era hora de irse.
Mi imaginación había dibujado a grandes rasgos su contorno con razonable aproximación. Resultaron ciertos los matices de una estética sobria, serena, pero quedaron fuera de cálculo sus ojos tibios y atentos, sus manos elegantes y aquella mirada hospitalaria, abierta de par en par (el resto de los detalles no me pasó inadvertido, me los callo porque no vienen al caso).
Así le escribí: "Dios, quien ante todo es sensato, tuvo fundados motivos para excluir tu belleza templada de sus huestes de vírgenes y eunucos (...) en su lugar hubiese hecho lo mismo".
"Menos textos, más presencia. El mejor rumbo." - respondió.
Faltaba poco para el día D, tenía que prepararme. Busqué en todas las grandes librerías del centro una obra de Popper de la que habíamos estado hablando y la última edición estaba agotada. Pero tenía que ser ese libro y no otro, era una cuestión de estado. Un librero me lo consiguió para el jueves de esa semana pero al doble (por lo menos) del precio de lista. Primer ítem: listo.
Por las dudas le hice un service completo al auto (era modelo '99, no tenía ni dos años y estaba muy bien cuidado, pero uno nunca sabe). Segundo ítem: listo.
Me compré un traje, una camisa y una corbata. Tercer ítem: listo.
Le pedí a mi secretaria que hiciera reservaciones para dos en un restaurante de Martínez, cuyo nombre no recordaba, pero que tenía antorchas en la puerta. ¿Y cómo lo encuentro? - preguntó - ¿Querés que cambiemos tareas, vos auditas juicios y yo lo busco? - contesté. Se fué murmurando obscenidades. Volvió para decirme que no lo ubicó en internet, ni siquiera en la guía de restaurantes. - Bueno, ya dijiste dónde no lo encontraste, volvé cuando sí lo encuentres - le sugerí amablemente. De salida vi el prolijo papelito amarillo pegado sobre el escritorio donde se leía de su puño y letra: "No lo encontré y te vas a la mierda". Iba a la cita sin un plan, estaba deshauciado.
Llegué diez minutos antes de la hora convenida y toqué el portero eléctrico. - Ya bajo - dijo ella. El "ya" duró bastante más que un instante.
Finalmente cenamos en un lugar tranquilo de San Isidro, con ambiente propicio para la intimidad. Yo tenía (los nervios de punta) una ligera inquietud, ordené trucha con papas rejilla (no me creí capaz de tragar algo más consistente) y un vino rosado de uvas malbec. Ella se plegó a mi pedido. Conversamos y conversamos (y yo no podía pinchar las malditas papas con el tenedor, de tan crocantes se hacían astillas al primer intento). "¿Por qué no las agarrás con la mano como hace todo el mundo?" - dijo - (porque esta noche soy el Duque de Orleans, carajo!).
Frente a ella yo estaba en el país de la mismidad, ese territorio agradable donde se puede ser uno mismo liso y llano, despreocupadamente, y decir lo que se piensa, y sentir como uno siente. No tardó en conectarse con mi angustia, así como estaba, sin datos ni mapas, ni siquiera alguna pista del torbellino que me pasaba por la cabeza.
Pagué la cuenta y salimos, le propuse tomar el café en algún otro sitio. Anduvimos bastante hasta encontrar un barcito abierto. Seguimos hablando (mas bien yo seguí parloteando) hasta que en cierto punto me dijo: "Ya no puedo seguirte el ritmo, lo que me contás requiere oídos bien atentos y ya estoy muerta de cansada" (traducción: por qué no te callás de una maldita vez que me tenés recontrapodrida).
Definitivamente dos cosas; 1) no era muy ducha en el uno a uno entre géneros, y 2) ya era hora de irse.
jueves, 17 de abril de 2008
6.
En lo que tardó en llegar su respuesta la palabra "ansiedad" cobró un nuevo y monstruoso significado. No es que albergara ilusiones después de semejante sacudón al bote, pero me exhasperaba pensar (y podía escuchar mis propios pensamientos) que simplemente se desvaneciera como una burbuja, porque, y esto es algo que sé respecto a como soy, en ese caso la (perdería) dejaría en paz. Revisé sistemáticamente la casilla, a intervalos de un minuto y medio, esperando lo que fuera; recriminación, desaire, despedida, y en el mejor de los mundos una rendija, no más ancha que el filo de una navaja, de esperanza.
Por fin,
From: Bacigalupo
To: Pablo Manzano
Sent: Saturday, October 06, 2001 11:49 PM
Subject: no encuentro el signo en mi teclado
Estoy en problemas, mi querido Pablo: no encuentro en mi teclado un signo tipográfico que haga aparecer en tu pantalla mi sonrisa. Salgo de tu torre, para volver a entrar y recomenzar todo de nuevo. Mientras estés ahí (corregido y aumentado), yo aquí para vos. El tiempo dirá si podemos ser amigos. O si lo que podíamos ser, ya lo fuimos. Tenemos en nuestro haber unas páginas hermosas. (Un happy end las hubiese degradado.) Creo que merecemos esa cena. Llamame.
Mi beso en tu frente, Mónica.
(Todavía tenía pulso, estaba apenas vivo pero ningún médico se hubiera atrevido a firmar el certificado de defunción).
"Hay más finales felices de los que Hollywood muestra" - le escribí. Faltaba toda la vida para el viernes siguiente y los textos, cada vez más breves, empezaban a desteñirse.
Tenía aprendido que el éxito en cualquier empresa humana depende en buena medida de la claridad de objetivos, pero mi mente era un sólo deseo y me volví perfectamente incapaz de razonar. Otros asuntos, más próximos e igualmente urgentes, reclamaban también su cuota de cordura, pero yo no podía pensar, sólo sentía.
El lunes 8 de cotubre me esperaban en casa de mi hermano (en Palermo) para festejar el cumpleaños de mi cuñada. Subí al auto a la hora convenida y se manejó solo hasta cierta dirección que destellaba en mi frente como un cartel de neón.
Llegué hasta su puerta y llamé por teléfono. Por supuesto no estaba (qué está haciendo Dios cuando pasan estas catástrofes), dejé mensaje en su contestador y esperé. A esta hora (las seis de la tarde mas o menos) toda buena chica debería estar en su casa. Entretanto llamé a mi hermano para soltarle el repertorio completo de las excusas conocidas.
Habían pasado cuarenta y cinco minutos cuando sonó el celular. Ella me dijo que le diera algo de tiempo para arreglarse y salíamos a tomar un café. Tardaría más de una hora en abrir la puerta del acompañante.
Me tomó un momento registarla, descomponer su imágen en miles de puntos y volver a ensamblarla. Todo me gustó, su interioridad, su voz y su presencia hacían juego.
Tras un beso muy cortés me dijo de lo más sonriente: "No pudiste esperar hasta el viernes".
Mientras manejaba hacia Barrancas de Alvear (un bar a la orilla del río) iba reflexionando: - Si esta chica tuviera la menor pericia en el arte de seducir no habría dicho eso -.
Nos dieron las diez, hablando de atardeceres y soledades, y yo no podía dejar de mirarle la boca.
Por fin,
From: Bacigalupo
To: Pablo Manzano
Sent: Saturday, October 06, 2001 11:49 PM
Subject: no encuentro el signo en mi teclado
Estoy en problemas, mi querido Pablo: no encuentro en mi teclado un signo tipográfico que haga aparecer en tu pantalla mi sonrisa. Salgo de tu torre, para volver a entrar y recomenzar todo de nuevo. Mientras estés ahí (corregido y aumentado), yo aquí para vos. El tiempo dirá si podemos ser amigos. O si lo que podíamos ser, ya lo fuimos. Tenemos en nuestro haber unas páginas hermosas. (Un happy end las hubiese degradado.) Creo que merecemos esa cena. Llamame.
Mi beso en tu frente, Mónica.
(Todavía tenía pulso, estaba apenas vivo pero ningún médico se hubiera atrevido a firmar el certificado de defunción).
"Hay más finales felices de los que Hollywood muestra" - le escribí. Faltaba toda la vida para el viernes siguiente y los textos, cada vez más breves, empezaban a desteñirse.
Tenía aprendido que el éxito en cualquier empresa humana depende en buena medida de la claridad de objetivos, pero mi mente era un sólo deseo y me volví perfectamente incapaz de razonar. Otros asuntos, más próximos e igualmente urgentes, reclamaban también su cuota de cordura, pero yo no podía pensar, sólo sentía.
El lunes 8 de cotubre me esperaban en casa de mi hermano (en Palermo) para festejar el cumpleaños de mi cuñada. Subí al auto a la hora convenida y se manejó solo hasta cierta dirección que destellaba en mi frente como un cartel de neón.
Llegué hasta su puerta y llamé por teléfono. Por supuesto no estaba (qué está haciendo Dios cuando pasan estas catástrofes), dejé mensaje en su contestador y esperé. A esta hora (las seis de la tarde mas o menos) toda buena chica debería estar en su casa. Entretanto llamé a mi hermano para soltarle el repertorio completo de las excusas conocidas.
Habían pasado cuarenta y cinco minutos cuando sonó el celular. Ella me dijo que le diera algo de tiempo para arreglarse y salíamos a tomar un café. Tardaría más de una hora en abrir la puerta del acompañante.
Me tomó un momento registarla, descomponer su imágen en miles de puntos y volver a ensamblarla. Todo me gustó, su interioridad, su voz y su presencia hacían juego.
Tras un beso muy cortés me dijo de lo más sonriente: "No pudiste esperar hasta el viernes".
Mientras manejaba hacia Barrancas de Alvear (un bar a la orilla del río) iba reflexionando: - Si esta chica tuviera la menor pericia en el arte de seducir no habría dicho eso -.
Nos dieron las diez, hablando de atardeceres y soledades, y yo no podía dejar de mirarle la boca.
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