martes, 29 de septiembre de 2009

Hay lugares que se quedan con uno

Conozco bien mi país, he visto en vivo - y en ocasión de mi trabajo - todos esos lugares que muestran los operadores turísticos promocionando Argentina como destino para consumo de propios y foráneos, el problema es que los tengo muuuuyyy vistos. Y ese paisaje idílico con que tratan de seducirte - y que de cierto no te decepcionará - nunca será lo mismo, digamos, la quincuagésima vez que lo visites. No me estoy quejando, peor sería limpiar los baños de la cancha de Boca, pero un trabajo es un trabajo y por algo le dicen así. Pregúntenle a un ginecólogo - que labura en el mejor de los mundos - si le dura el entusiasmo de la primera incursión.

El caso es que se cambia de perspectiva cuando ya se ha grabado la belleza en las retinas una y otra vez y así es, por ejemplo, como uno empieza a encontrar más divertido sentarse a observar a las chicas que vuelven del balcón de Garganta del Diablo en Cataratas del Iguazú con sus remeras empapadas y ceñidas por la nube de agua que contemplar la majestuosidad de esa caída espectacular (hablo del salto off course). O mirando el glaciar Perito Moreno se pone a calcular el riesgo de morir en la pasarela ensartado por una astilla de hielo milenario catapultada a la velocidad de una bala durante algún desprendimiento, no se rian ha ocurrido, no es imaginación es estadística. O simplemente termina sin poder identificar a qué lugar preciso corresponde determinada imagen mental de un lago, de una montaña, de un atardecer, de un cielo límpido o cualquier combinación posible de todas ellas.

Pero hay también lugares que se quedan con uno, a los que siempre se vuelve con el mismo gusto y justifican sobradamente hacer en 3 días el trabajo de 4 para rapiñarle al yugo un rato y dedicarlo a mirar sin cansarse de ver.

Seas de aquí o de allá, no pases de estos pagos sin conocer ...


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viernes, 18 de septiembre de 2009

El Asturiano

Me tomé unas cuantas molestias para traerte hasta aquí, por no hablar de las fatigas que dicha empresa causó también a otros a ambos lados del océano, te puse un nombre altisonante - Hugonote (Hugo para los íntimos) - que se aviniera al propósito de designar al ejemplar fundante de una larga dinastía de centinelas formidables y hoy me pregunto cómo llegarás a serlo algún día si te pasás la vida mariconeando.

En fin, al decir de Juan, parece que de nuevo el destino y yo hicimos planes bien distintos.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Amigos

El nunca le ha hecho daño a nadie ni ha tenido una sola vez alguna actitud agresiva, es seguro de sí y por lo mismo le vienen sobrando las manifestaciones de poder con que suelen aturdir los que no lo son. Claro que no por eso uno baja la guardia, su carácter apacible no anula la enorme potencialidad ofensiva con que vino dotado de fábrica, conviene no correr riesgos a menos que se esté dispuesto a rascar el propio culo con un garfio de por vida, pero entiéndase bien: hablo de respeto, no de desconfianza. Con todos nosotros es afectuoso y se atiene escrupulosamente a la línea de mando pero tiene su favorita y bien se le nota.

Cuando están juntos (y sólo entonces) él echa las orejas hacia atrás y pone esa mirada seca, vigorosa y desafiante, como preguntando ¿a qué no hay huevos para hacerle algo malo a Lolita delante mío?

¿Ven lo que digo?

martes, 1 de septiembre de 2009

Esplenden

Una teoría mía - de mi entera creación - predica que todo hijo de vecino posee en sí mismo y como cualidad innata una lumbre interior, como un cierto brillo digamos. A algunos se les nota más que a otros, o sólo por momentos, o sólo una vez en la vida, o a diferentes intensidades y hay incluso quienes, como el horno de carbón, tienen el fuego tapado. Pero hay también personas que esplenden y son por supuesto las menos abundantes; simplemente esplenden, no es algo que se propongan (a veces hasta ignoran su propia condición) ni que hayan adquirido con el tiempo, es algo que les pasa, así de simple. Y eso no las hace mejores ni peores por la misma razón que aplica a cualquier otra característica que uno traiga de cuna: no hicieron mérito ni demérito para ser como son, nada más nacieron así. De hecho han existido y existirán seres nobles hasta el sacrificio, paladines conocidos, héroes anónimos, gente que ha puesto la vida detrás de un compromiso, grandes hombres y mujeres que dejaron monumentos tras de sí y que hicieron o hacen del mundo un lugar mejor con su lucha silenciosa y cotidiana, pero, sin embargon no esplenden. No hablo de prodigios, hablo de personas que simplemente esplenden, no sé si me explico.

Una cosa puedo decirte, si has conocido a alguno de ellos nunca lo olvidarás. Son esos seres que nos atraen naturalmente (porque a todos nos gusta la luz), que miramos y vemos y volvemos a mirar, aquellos cuya compañía se siente confortable aunque no los conozcamos, aunque ni siquiera nos dirijan la palabra, los que nos inspiran confianza sin razón aparente y de quienes, ni remotamente, esperaríamos algo malo. Y así como uno los ve los demás también los ven. No hablo de carisma, es otra cosa, no sé si queda claro.

¿Te ha pasado de hablar con un extraño y contarle cosas que guardás bajo siete sellos? ¿Alguna vez cediste tu turno en la fila del banco para que te atienda determinado/a empleado/a? ¿Te has sentido en la libertad de llorar frente a alguien con quien no te une ningún lazo? Ves, de eso te hablo, si no lo captás es porque estás mirando otro canal.

Puede ser cualquiera, una abuela por ejemplo que detuvo la carrera enloquecida de un doberman entrenado ofreciéndole un caramelo y que en un sólo momento lo puso panza arriba haciendo arrumacos como un cachorrito ante los ojos desorbitados de su dueño (el dueño del perro, no de la abuela, prestá atención). O una médica residente que contuvo el duelo de tu pérdida no a falta de alguien más sino haciendo suyo un dolor que era tuyo. O una mujer capaz de conectarse con la angustia ajena de tal modo que la agente de policía que patrulla la calle del negocio donde trabaja le desnudó sus penurias a lágrima encendida y otra perfecta extraña que vive enfrente le confíó las llaves de su casa sin conocerla (a la mujer luminosa no a su propia casa ya que vive ahí; ¿ves que estás en otra?), basada únicamente en la intuición. O una empleada de la obra social que tiene algo en la mirada que te asegura que realmente está para ayudarte. O una niña que sonríe con una sonrisa de un millón de dólares cuya sola contemplación te hace sentir tontamente alegre.

¿Me vas entendiendo? Bueno, no importa, de todas formas mirá con cuidado que en cualquier momento te cruzás con alguno/a.