martes, 30 de diciembre de 2008

El día que hablé con Dios - Primera parte

Hasta la generación en que nací la mía fué una famila prácticamente huérfana de tíos/as; los hermanos de mi madre murieron en la segunda guerra mucho antes de que mi abuela emigrara de su Alemania natal y conociera a mi abuelo, mi padre en cambio tuvo un hermano al que vimos dos veces en la vida: en el velorio de mi abuelo paterno y en la fiesta de año nuevo del 2008. Así las cosas, la que vino a cumplir ese rol fué Mary, amiga de la infancia de mi vieja, casada con el mejor amigo de mi viejo (y padrino mío también) y madre de dos hijas (Valeria y Paola) a quienes reconocemos como primas por el hecho elemental de que no hay un solo recuerdo de nuestra infancia en el que no estén presentes. Casi podría decirse que lo de "primas" funcionó como una categoría residual donde encasillar a quienes compartieron nuestros años mozos sin lazos de sangre de por medio.

Se sabe por lo dicho antes de ahora que a tres de los cuatro hermanos la adolescencia nos asaltó casi al mismo tiempo y se sabe también, por ser un hecho incontrovertible de la naturaleza, que los adolescentes varones se ponen monotemáticos, monopensantes y de atención unidireccional llegado cierto punto. Nunca fuimos la excepción a ninguna regla, tampoco a esta y como simples mortales, cada uno por su lado, los tres mayores (el Maschi era un niño por entonces), siguiendo escrupulosamente el tiránico dictado de la testosterona, nos abocamos con toda dedicación a corretear doncellas. Es una época dura y hostil, créame, hay tanto que hacer para llegar a donde uno va y no se sabe ni cómo mierda empezar; y todo esfuerzo resulta poco, no bastan las cuatro duchas diarias ni aprender a sonreir con todos los dientes ni gastar los cuatro mangos que se tienen en pelotudeces edulcoradas para ellas ni hacer de monigote faldero; no hay de otra: es zonzo el cristiano macho cuando el amor (en el sentido no bíblico de la palabra) lo domina. Hasta que un buen día el propósito natural encuentra su cauce y el tibio "sí" de alguna niña nos permite imaginar el Cielo.

Así fué como los tres, cada uno portador de una llave de la casa, comenzamos a aprovechar deliciosamente - en riguroso secreto y absoluto sigilo - la habitación común durante las horas de la tarde en que no había adultos merodeando, hasta que se dieron dos o tres interrupciones recírpocas que nos obligaron a blanquear la situación y coordinar esfuerzos en beneficio de todos. Nos estábamos pisando mutuamente el poncho y eso no era bueno para la causa, no hubo más remedio que coincidir en lo que todavía hoy se recuerda como el Pacto de Coghlan (barrio aledaño a la casa paterna donde jugábamos a la pelota), un acuerdo tripartito de no intromisión integrado por una única cláusula: el día se dividió en tres turnos de dos horas y a cada quién le tocó uno que no podía modificarse sin previo y expreso consentimiento de su legítimo derechohabiente. Funcionó de maravillas mientras duró (un par de meses).

Mamá - hábil en esto de meterse donde nadie la llama - descubrió en ocasión de lo que ella llamaba "limpieza profunda del cuarto de los chicos" un corpiño que no le pertenecía, cosa extraña si las hay en un hogar donde ostentó el dudoso privilegio de ser la única mujer. Ni qué decir de los vituperios y maldiciones que desparramó a los cuatro vientos y los males infinitos con que nos amenazó mientras la mirábamos impertérritos, sin darnos por aludidos, como vacas que ven pasar el tren.

Un error pequeño, un mínimo descuido es suficiente, la vieja puso su radar en el modo alerta y sabe Dios lo que la NASA pagaría por un radar como ese. "Hay que desensillar hasta que aclare" dijo Quique; sabias palabras, pero no pasaron ni cinco días hasta que volvimos a las andadas. Quiso la puta suerte que tocara justo en mi turno, la vieja salió antes del trabajo y se vino con mi tía Mary y mis dos primas a media tarde sorprendiéndome en plena faena. Si hay algo peor en la vida realmente me gustaría saberlo, no sólo el sainete puertas adentro que no es poco, no señor, también el escarnio público. Por fortuna había recordado dar una sola vuelta de llave para impedir ingresos no autorizados y eso me dió como un minuto y medio para vestirnos (la doncella en cuestión y quien suscribe) y encontrar un lugar para esconderla: "Andá al baño de abajo, metete en la bañadera, corré la cortina y no respires, mi integridad está en juego y la tuya también".

Y entró en malón aquella jauría de sabuesas enardecidas, husmearon los cuartos, debajo de las camas, dentro de los placares y nada; "ya vas a ver si estabas haciendo lo que creo" profetizaba apocalípticamente mi vieja, "¿no te da vergüenza?" secundaba mi tía, "¿dónde la escondiste?" preguntaban las dos bastardas traidoras de mis primas. "¿A qué viene tanto quilombo? estaba durmiendo (ahora si en el sentido bíblico de la palabra) la siesta" me defendí - "claro, claro, con la puerta del patio cerrada con una vuelta de llave" - dijo sin dejar de buscar. Después una a una usaron el baño donde se ocultaba la susodicha mientras yo - sin que me quepa un alfiler en el culo - pensaba febrilmente en cómo sacar a esas cuatro mujeres de aquella casa, cuyo defecto constructivo más notable (me refiero a la vivienda por supuesto) sea acaso que para salir de ella hay que atravesar el living donde finalmente se apoltronaron a tomar mate (las cuatro), y todo eso con un límite temporal bien preciso: mi partenaire me había dicho que a las cinco de la tarde su padre la pasaba a buscar por el club donde se suponía que estaba jugando al voley desde las tres.

Eran las cuatro y media, estaba irremisiblemente perdido, réprobo y condenado cuando se me ocurrió una idea salvadora ...

lunes, 15 de diciembre de 2008

El buey lerdo toma el agua turbia

El divorcio es triste; puede resultar el mal menor, conjugar culpas predominantes o proporcionales, ser consensuado o litigioso, madurado o abrupto, tanto da, siempre es triste. A veces no para sus protagonistas pero siempre es triste para alguien. Sus padres se están separando y mi sobrina, Guillermina (7), acusa el proceso en sus ojitos vivarachos, pregunta y cuestiona, cuestiona y pregunta y no es la única. A estas alturas su prima Lola está bien empapada del tema y perfectamente solidarizada con la causa de los hijos de padres divorciados. Días atrás, durante el cumpleaños de su primita, Lola encaró directamente a mi futura ex cuñada (esposa de Diego y madre de Guillermina) y le preguntó de una, con tono acusatorio, sin anestesia y estando yo presente: "¿Tía por qué te querés divorciar de mi tío Diego?" (pregunta ríspida donde las haya, tomando en cuenta que patrocino a mi hermano en su contra, que mis sentimientos hacia ella oscilan entre la neutralidad absoluta y el fastidio y que ella sabe todo esto).

En tren de distraer al Maschi (apócope de "más chiquito" con el que apodamos a Diego desde siempre por ser el menor de los cuatro) de su pesadumbre y de ponerle el cuerpo a este trance incómodo - porque si una cosa tiene mi familia es vocación corporativa - últimamente Guille pasa los fines de semana en nuestra casa entre juegos, chapuzones y disputas de soberanía con Lola.

Vaya uno a saber qué cosas pasarán por su cabecita, lo cierto es que la sobrina se ha puesto regalona con su tía Tana, que piropos de aquí, que mimos de allá, que atenciones de acullá, mientras Lolita mira llover cascotes sobre su rancho.

- Tía, te hice este dibujito para vos - decía Guille mientras la Tana, beso mediante, ponía el papel bajo el vidrio de su mesa de luz.


Cinco minutos después, Lolita con lo suyo: "Mami te hice este dibujo para que lo pongas en tu mesa de luz, ahora".



Uno nunca sabe, mejor curarse en salud, cocodrilo que se duerme es cartera, más vale prevenir que lamentar, el buey lerdo toma el agua turbia ...

martes, 25 de noviembre de 2008

El principio de Peter

Lolita pasa por una racha negra y peluda hecha de eventos fatalmente inevitables y también de los otros. Para empezar le prescribieron anteojos a la tierna edad de 5 años (no puedo menos que subrayar el éxito de mi vieja en trasmitir el gen del astigmatismo que heredó de su padre, a mí primero y por extensión a mi niña ya que el resto de la familia tiene vista de lince) y el tratamiento incluye el uso de un parche oclusivo alternadamente en cada ojo durante dos horas por noche. Luego comenzó a perder los dientes (dos hasta ahora) ganando algo de dinero en la empresa a costa de su nueva sonrisa despoblada. Por último, en una de sus correrías por el patio de casa cayó al suelo fracturándose la muñeca izquierda. Mi amigo Tambu tiene un dicho para estos casos: "a veces la soga viene con mierda y hay que agarrarla con los dientes", pero ella lo toma con buen humor.

El domingo me decía - "Papi, ya tengo parche en el ojo, garfio (en realidad yeso) en la mano y boca sin dientes, sólo me faltan el loro y la pata de palo para ser un pirata" - queselevacé.

Puede pensarse que ya tuvo bastante, que nomás cabe ir mejorando, pero sólo hasta leer la prolija notita manuscrita en el cuaderno de comunicaciones del jardín de infantes donde asiste:

24/11/08
Queridos Papis
Hoy la vi a Lola con un yeso,
necesitamos un certificado médico y
que nos cuenten qué puede hacer y qué no.

Besos, Celes (por Celeste, su maestra).

Aguda observación (Celes, no se te escapa una), y puedo también entender, en un razonable esfuerzo de interpretación, el recaudo del certificado en cuestión. Hasta ahí llego.

Dijo el doctor Lawrence Peter: "En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia", de lo que resulta que con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones y que el trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia.

Parece que empezaste temprano Celes (no quiero ni pensar cuando llegues a directora), por vueltas y vueltas que le doy al asunto apenas puedo empezar siquiera a imaginarme dónde comienza y termina esa lista.

¿Me ayudan?

Querida Celes:

Momentáneamente Lolita no puede ...

1) RASCARSE EL CULO CON LA MANO IZQUIERDA
2) SALTAR CON GARROCHA
3) COLGARSE DEL PASAMANOS
4) HACER LA VERTICAL (CAMINAR DE MANOS)
5) HABLAR COMO LOS SORDOMUDOS
6) PRACTICAR KICKBOXING
7) BARRER EL AULA
8) ALIMENTAR TIBURONES
9) TOCAR EL CIELO CON LAS MANOS (AL MENOS NO CON AMBAS)
10) APLAUDIR
11) HACER PITO CATALÁN
12) JUGAR A CACHURRA MONTÓ LA BURRA
13) TOCAR EL TOC TOC
14) BAILAR FLAMENCO
15) INTERPRETAR LA SONATA EN DO MAYOR K545 DE MOZART
16) MANIPULAR PIEZAS DE RELOJERÍA
17) DESACTIVAR BOMBAS

Y todo aquello que tu prudente arbitrio juzgue desaconsejable.

martes, 18 de noviembre de 2008

Juan me hizo acordar

LLegado cierto punto empecé a aburrirme del único traje que traía puesto aquel 27/10/01 y volví a mi casa vacía con la intención de llevarme la ropa y efectos personales que cupieran en mi modesto autito. Ya en la tarea me dí cuenta de la cantidad de ropa en desuso que había acumulado y haciendo cálculos mentales sobre el espacio disponible en mi nuevo hogar dejé bastantes cosas para la caridad. Hice bien, un tiempito después la Tana, empeñada en demostrar sus habilidades culinarias a fuerza de picada, entrada, plato y postre todos los días, produjo una expasión notable de mi humanidad, a punto tal que de lo exiguo rescatado quedó aprovechable poco más que las corbatas y los zapatos. Por supuesto no la enteré de la maniobra hasta que estuvo cumplida. Dos días antes ella me había dado un juego de llaves y urdí aquel plan durante una mañana después de que se fué a trabajar, no era cuestión de hacerle lugar a la duda, no señor. Volvió a casa una tarde, se encontró con mis petates acomodados desmañadamente en el placard y sonrió. Falsa alarma.

Con franqueza no recuerdo días mejores que aquellos, éramos sólo nosotros dos y nuestro pacto tácito de dejar correr agua bajo el puente antes de participar a nuestras respectivas familias. Pero, promediando diciembre, el viejo Juan, quien visitaba regularmente a su hija (cabe aclarar a esta altura que hasta hoy me maravilla aquel celo paterno resurgido el día que la Tana plantó bandera con el obispo - tres años antes de toparse conmigo - y volvió a su casa, de la que había salido con tiernos 18 recién cumplidos; fué - a mi modesto entender - como una actualización abrupta de toda esa dedicación amorosa que había quedado de alguna manera mocha cuando su niña entró al convento) el viejo Juan - decía - empezó a preguntar por el origen de las botellas de vino a medio tomar (y algún que otro cadáver de vidrio) que reposaban en la mesada de la cocina, siendo que la Tana vivía sola y no bebía alcohol. La excusa de los compañeros de facultad enófilos que se habían reunido para estudiar en su casa (nuestra casa) la noche anterior empezó a quedar chica y ella con tan poco andado en cuestiones mundanas, empezó a necesitar coordenadas que la remitieron a Silvina, su hermana menor (mi cuñada); en fin, cosas de mujeres. No tardó en enterarse mi otra cuñada (Cristina, la esposa de Estéban, el mayor) y, dado que todos trabajaban juntos en el negocio familiar, también Dora, mi suegra.

Así fué que una buena mañana, a mes y medio de vivir juntos, le pregunté por la vigencia de nuestro acuerdo implícito: "¿Hay alguien - aparte de vos obviamente - que esté enterado de mi existencia?"

"Si, no aguanté más y se lo conté a todo el mundo, los viejos quieren conocerte y vienen a almorzar hoy" - soltó de un saque como tirón de curita. . .

He oído que sólo el hombre y los delfines tienen la incómoda habilidad de representarse abstractamente la vivencia de sus semejantes (ponerse en el lugar del otro que le dicen) y hasta allí me llevaron mis (despavoridos) procesos mentales.

<¿Qué haría yo si me entero que mi hijita, mi frágil retoñito, está conviviendo furtivamente con un divorciado a mis espaldas, de quién nada sé, eh, eh, qué haría? Respuesta probable: lo mato haciendo que parezca un accidente>

Salí con el pretexto de comprar un árbolito de navidad y otras chucherías, tenía que estar a solas con mis elucubraciones para ensayar argumentos convincentes, era la voz de la sangre la que urgía soluciones, de mi sangre, la misma que si no se me ocurría algo pronto seguramente sería derramada.

Llegaron puntuales con la comida y el vino, dos botellas de malbec Trumpeter que parecían frasquitos de penicilina entre las manazas de ni suegro, con dedos como racimos de longanizas parrilleras. Le tendí mi mano franca, con gesto más bien contrito, calculando que aquella mole de metro noventa y pico y 120 kilos podía triturarme en lo que tarda a arder un fósforo si se lo propusiera, él me atenazó ambos hombros (estoy en el horno con papas - pensé), me atrajo hacia su pecho de una hectárea más o menos, me abrazó y me besó en la mejilla. A su turno Dorita, cuya virtud más saliente es sin dudas la hospitalidad.

La comida transcurrió plácida y serena, sólo una pregunta personal me hizo el viejo: "¿de qué cuadro sos?". Felizmente de Independiente, histórico perdidoso ante River Plate, el club de sus amores.

Me sentí bienvenido (es curioso porque estaba en casa), aceptado, creído, he llegado a quererlos mucho y sé que también me quieren. Después de todo alguien que se aparece con un buen vino no podía resultar mal tipo (distinto es el caso de mi madre política quien - previamente advertida por la Tana de que lo único que no como ni por orden del juez es apio - trajo una generosa porción de ensalada Waldorf rebosante de dichos tallos verdes; a su favor puedo decir que no ha vuelto a hacerlo).

martes, 11 de noviembre de 2008

Y bueno pues

Acepto la encerrona con las reglas de Dosto (nada de andar cargoseando al prójimo, el que quiera que se sume por derecho propio) y dando aquí por reproducidas las condiciones de vigencia de la cadena.
Seis cosas que me hacen feliz excluyendo niños, sexo y contar billetes (suenen oboes, trombones y platillos):

1. Beber con moderación más bien amplia, cerveza negra helada de noviembre a marzo.
2. Idem, cabernet sauvignon a 18° C de abril a octubre.
3. Sentarme a comer en una mesa generosamente servida (la sola visión de la abundancia gastronómica ya me pone de buen humor).
4. Ser bien recibido.
5. Que lo correcto y lo incorrecto resulten según yo lo discierno y las cosas salgan como tenía pensado (aunque nadie me dé la razón).
6. Pescar con la Tana al lado cebándome unos mates.

Dése por cumplido y con las debidas constancias, archívese.

lunes, 20 de octubre de 2008

1. De los males abundantes - 1.1 De las mujeres y otros desastres naturales - 1.1.1 De las madres

Viene tallando en algunos blogs amigos, cada vez con mayor insistencia, la teoría de cierta crueldad ínsita en el cromosoma XY sobre cuyos efectos se han elaborado enjundiosos estudios, particularmente respecto de sus manifestaciones en la relación madre - hijo varón con apéndice bamboleante. Es propósito de la presente entrega, indagar en la veracidad de tales asertos a partir de la experiencia recogida en mis años púberes.

Como algunos de ustedes saben soy el segundo hijo de un total de cuatro hermanos bien hombrecitos con escasa diferencia de edades, y todos fuimos adolescentes (en distinto grado) casi al mismo tiempo. Pero no soy portador del gen maldito en el sentido apuntado, aunque menos por disciplina u otra cosa que por el hecho de no gustarme la noche más que para dormir. Nunca fui de llamar para avisar donde estaba ni otras delicadezas, pero mi madre siempre pudo contar con que yo llegaría a la hora que había prometido con una exactitud cronométrica. Podía ocurrir que llegara borracho pero llegaba. Otro, muy otro, fué el caso de mi hermano menor Gualo (así apodado por ser más malo que un gualicho).

Una de aquellas madrugadas de sábado volví silbando bajito de alguna incursión exitosa al boliche de turno, entré en casa sin hacer el menor sonido, puse la tranca en el portón, atravesé el patio, dí el santo y seña (mi madre siempre fué incapaz de conciliar el sueño hasta que todos hubiéramos entrado así que preguntaba con voz ronca "¿Pablo sos vos?") y subí a mi habitación. A los 17 años tenía permiso hasta las 2:00 AM lo mismo que Quique, mi hermano mayor, por entonces haciendo el servicio militar. Gualo, de 14, tenía venia hasta las 12:00 PM y Maschi (el benjamín) no figuraba ni a placé. Serían 1:30 AM y Gualo no estaba en su cama.

Bajé la escalera, salí al patio, saqué la tranca y regresé puteando al bastardo hasta en soajili; sabía bien el sainete que se montaría a continuación: Mamá empezaría a sollozar histéricamente como una de esas lánguidas heroínas de telenovela al grito de "¡a ese chico me lo mataron!". Sí, siempre era una muerte trágica, nunca una demora, un contratiempo, una avivada, no señor, aunque no hubiera razón aparente el pibe medio degollado se desangraba en algún callejón por ahí. Después se levantaba como una zombie haciendo flamear su inconmensurable camisón blanco y deambulaba insistentemente entre dos puntos fijos: el umbral de su dormitorio y la puerta del lavadero, dejando una zanja a su paso por donde escurrían sus infinitas lágrimas y no menos infinitos mocos. Yo era un experto en el ritual porque siempre me tocaba el dudoso privilegio de ser su único espectador. Acaso por eso lloraba de ida, mientras se aproximaba al lavadero, y profería sus letanías a voz en cuello cuando se aproximaba al dormitorio, donde mi padre descansaba después de trabajar como un burro todo el día. En algún punto de la noche, Gualo restañaría sus heridas de muerte y llegaría lo más campante justo en el momento en que Mamá yacía hiperventilada en su lecho y Papá por fin había tomado razón y nota de aquella vastísima desesperación. Rápido para escurrirse, el prófugo lograría llegar hasta su cama en medio de la confusión y dormiría como Tutankamón medio minuto después. Pero yo no, por estricta conveniencia permanecía atento a los tres sonidos típicos: "Ya llegó ese hijo de puta" diría Mamá, "GGGRRRLLLLLSSSSSFFFFFFSSSSS" diría el Viejo, la puerta del placard rechinando indicaría el preciso instante en que mi Padre retiraba un cinto para ajusticiar al reo y luego sus pasos pesados subiendo la escalera que va a nuestro cuarto. En el interín y en tren de evitar ser blanco de algún cintazo que por caso sobrara, yo ocultaba toda la evidencia comprometedora bajo mi almohada (cigarrillos, preservativos, revistas con poco texto y muchas fotos, etc.) y en voz baja trataba de advertir al patibulario "Gualo te van". Nunca funcionó; los tres primeros lonjazos siempre lo agarraban dormido. Después él diría su frase triunfal "quién me quita lo bailado" y Mamá (a mi pobre Viejo) su línea final "Bestia! lo querés matar a ese chico?". Fin del entremés, váse por el foro.

Aquel sábado fué bastante parecido excepto por un detalle: Gualo, visto con vida por última vez al mediodía, no volvió en algún punto de la noche y la Vieja desbordada de pánico encontró en mí algo a lo que apuntarle; "vos sos mayor que él, deberías saber dónde está" repetía. Haciendo a un lado la incoherencia magna de tal afirmación, lo cierto es que me conmovió y salí a rastrearlo apenas clareó el día. Tras varias pesquisas (porque en el barrio rige la omertá siciliana) convencí a Pistola (un vago amigo) que me diera su paradero. Aparentemente estaba en el departamento de un amigo a pocas cuadras, donde según me dijo, pasaría la noche ya que los padres del cómplice estaban fuera. Hasta allí llegué, toqué timbre, me abrió una piba (tal vez 15 o 16 años) en bombacha y corpiño desperezándose y señaló la puerta de la pieza donde el guacho dormía como un bendito. Sintiéndome el emperador absoluto de los pelotudos (entre otras cosas porque la primera vez que pasé toda una noche en compañía femenina fué cuando me casé) le dije: "¿estás bien? no vuelvas hasta que Papá se vaya porque te amasan".

Exhausto volví a casa con la buena nueva: "Gualo está entero y en el mejor de los mundos, ahora me voy a dormir".

Llegó a las 10:30 AM, se disculpó con Mamá y se sentó en el living a tomar mate. "No te pongas así mamita" le decía a una mole insonora de la que podía huir en un sólo movimiento. Y se despreocupó.

Ví toda la escena paralizado de espanto; Mamá fué hasta el costurero, sacó una tijera enorme y se acercaba sigilosa por la retaguardia del desprevenido (lo va a amasijar en serio - recuerdo haber pensado), tiró su larga cabellera ondulada hacia atrás y en una maniobra agilísima de la que cualquiera que haya visto a mi vieja la creería incapaz, le zampó cuatro o cinco tijeretazos, cada uno de ellos coincidente con un mechón rubio que se desplomaba inerte al suelo. El pibe, que hasta ahora cultiva su imagen de Paul Newman subdesarrollado, parecía una lechuza muerta a cascotazos, tuvo que raparse completamente y se autoacuarteló todo el tiempo que tardó en crecerle el pelo.

¿Y, en qué cromosoma reside la maldad, ehh?

martes, 7 de octubre de 2008

No abrir hasta mañana

(8/10/01 - hoy)

Era tan cierto entonces (cursi pero cierto) como ahora:

II

Te quiero con temblor de lentos ríos,
con madurez de júbilo y de llanto,
con esta sed que ahondo cuando canto,
con mi razón entre mis desvaríos.

Con mi sangre que irrumpe y que te nombra
llena de ansias de nuevo amanecidas,
con mi muerte en los huesos, con mi vida,
con mi parte del sol y con mi sombra.

Como un torpe movimiento de alas truncas
que buscan sin embargo sus orientes;
ese blando final del derrotero.

Como si no hubiese querido nunca;
pero a un tiempo también, curiosamente,
como si hiciera siglos que te quiero.



Ya sé, dirás "un sólo centavo por cada vez que se dice" y estás en lo correcto. Pero otra cosa es escribirlo, Tana, muy otra cosa.

Como alguien dijo por ahí, no es la carne, es el hecho.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Reflexión tardía

Cualquiera medianamente informado sabe que el conjunto de las conductas humanas reprochables, aquí en mi pago y también en lo que llaman derecho continental comparado, está integrado por dos grandes especies: las punibles y las contravencionales; aquellas, ordenadas a mantener la paz social, son reprimidas mediante penas propiamente dichas (por ejemplo prisión o reclusión) y éstas últimas, enderezadas a la convivencia civilizada son castigadas mediante sanciones administrativas (multa, clausura, decomiso, inhabilitación, etc) por razones de salubridad, moralidad y otras yerbas. La distinción viene a ser puramente metodológica si se toma en cuenta que un asesino pasional jode bastante menos y a mucha menos gente que, digamos, alguien que escupe impunemente en el suelo, pero lo cierto es que se necesita mayor energía criminal para matar a tu suegra que para soltar un gargajo. Bien hasta aquí.
Lo que todos, pero todos, juristas, sociólogos, educadores, políticos y demás y demás han pasado por alto solapada o deliberadamente es el tercer género de conductas reprochables, que daré en llamar las actitudes crispantes. Para esos infames que - siempre dentro de la ley - mortifican a veces sin saberlo y cuyas mañas suelen ser más peligrosas que afeitarse borracho, no hay castigo, ni siquiera cuestionamiento. Por eso me atrevo a proponer - atención señores legisladores - a título simplemente ejemplificativo (se aceptan sugerencias), las siguientes figuras penales:

1) Demora culposa: Será reprimido con detención de hasta el doble del tiempo que le haga perder al prójimo el que: inciso a) se ponga a buscar el subtepass justo frente al molinete del subte, las monedas frente a la máquina expendedora de boletos del colectivo o el cospel frente al parquímetro; inciso b) deje la manguera del surtidor de nafta cargando en su auto y entre a comprar en el minishop, a menos que vuelva antes de que corte la carga; inciso c) no avance con luz verde por estar mirando algún culo bonito o maquillándose ante el retrovisor o por cualquier otra razón no atendible; inciso d) demore más de dos minutos en bajarse del taxi que está esperando otro pasajero; inciso e) se quede de charla con la cajera del supermercado una vez pagada su compra siempre que haya otros clientes esperando. Los tipos descriptos llevarán la accesoria de un grito en la oreja si suceden en hora pico.

2) Atentado al buen gusto: Será reprimido con piquete de ojo el que: inciso a) entrecomille figuradamente con los dedos alguna palabra y/o frase de su alocución; inciso b) conteste sin saber la respuesta; inciso c) manifieste sus dotes de seducción y/o haga gala de sus habilidades amatorias en presencia de dos o más personas; inciso d) utilice recurrentemente la expresión "es como que" acompañada del movimiento oscilante de pulgar e índice de una o ambas manos; inciso e) mastique chicle con la boca abierta. La pena se elevará hasta dos cachetazos en el cogote si cualesquiera de las conductas descriptas se realizan en presencia de menores de edad.

3) Inmisiones sonoras molestas: Será reprimido con trancazo en el mero tronco de la oreja el que: inciso a) hable a los gritos en lugares públicos, tenga el celular encendido con ringtone estridente en cines, teatros, conferencias, aulas o cualquier otro evento de asistencia masiva que requiera silencio, a menos que se trate de un obstetra hipoacúsico de guardia; inciso b) Reproduzca música a volúmen alto en medios de transporte, aún con fines comerciales y/o auriculares in ear puestos. En este último supuesto la pena se elevará a dos trancazos - uno en cada oraja - si está escuchando cumbia villera o cualesquiera otra música grasa.

Con esto tenemos para empezar.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Mata un perro ...

Siempre he creído que ninguna cualidad accidental de las personas define irremediablemente al sujeto. Así por ejemplo un vicio cualquiera, digamos fumar, que convida al instante la calidad de fumador a quien acostumbra hacerlo, no lo transforma de plano y sólo por eso en un vicioso, si el resto - o buena parte - de sus actitudes revelan un hombre sano. Es mi tendencia natural, soy tolerante, bien que menos por filántropo que por no enterarme de los juicios críticos que el prójimo pudiera hacer a mi respecto. Y he notado también que - con alguna variante - los varones en general suelen ser más dados a hacer el caldo gordo que las féminas. Dicho lo dicho vamos al quid de la cuestión.
Hace algunos años, bastantes en realidad, la Tana recién estrenada, de quien todavía ignoraba esa aptitud nata de tener ocurrencias venidas como de relámpago, me dice: "le pedí el auto a Papá y reservé una cabaña en San Martín de los Andes; nos vamos unos días, salimos este miércoles (de ceniza) y volvemos el viernes de la semana que viene". Como era lunes tuve más que tiempo suficiente para organizarme pero eso es materia de otro relato.

El móvil generosamente cedido para recorrer unos 5.000 kilómetros, era grande, lleno de botones, y de diseño mas bien deportivo, no importa, al cabo un auto es un auto y yo manejo como el viento desde los 17. Estaba feliz, eufórico, para mi cumpleaños (un mes antes) ella me había dado un prolijo envoltorio con el Evatest positivo dentro y ahora este tiempo idílico por delante. Vamos bien me dije.

Comíamos, paseábamos, pescábamos, hablábamos (sé que me olvido de algo pero no me viene a la mente), reíamos y disfrutábamos a pleno. Como nunca en mi vida debo reconocer y es que el comienzo del otoño en la Patagonia es un instante mágico, quien lo ha visto lo sabe.

Así fué que transitamos el camino de los siete lagos en dirección a Villa La Angostura la media tarde de un día lloviznoso. La Tana dormía sin prejuicios en el asiento del acompañante y yo pensaba en cosas que uno anda pensando, cuando noté - no inmediatamente - que el auto tenía autonomía propia y había dejado de responder a los mandos naturales; "non serviam" parecía decirme, lo mismo que cierto ángel caído. A decir verdad no iba a mas de 60 km/h y, aunque es camino de cornisa bordeado de precipicios, la ruta de ripio estaba en buen estado; no había razón para que el volante se comportara como una marioneta a la que le cortaron los hilos. El auto iba secuencialmente desde el borde del acantilado hacia el flanco de la montaña con total independencia de lo que yo hiciera. Sabía por habérselo escuchado a mi viejo, que ante la duda no hay que pisar el freno - ya sé lo que no debo hacer sólo falta averiguar lo que sí debo hacer - y también, por haberlo aprendido de algún guardaparque baqueano, que si chocaba contra la montaña rebotaría como una bola de billar y de lleno al precipicio. Tuve miedo, pa´que voy a decir una cosa por otra, pero no me desquicié. Miré a la Tana que se despertó con el bamboleo y le dije: "no es para que te preocupes pero hace como 3 km que no controlo el auto y creo que nos vamos a hacer mierda". En un punto dado frené abruptamente con toda la trompa en el vacío, me bajé con las piernas temblando y puse las balizas. Mi mente era un sólo interrogante: ¡¡¿¿qué mierda había pasado??!!, las 2 ruedas del lado del conductor estaban en llanta, cambié una por el auxilio y llegamos a paso de hombre hasta la Villa.

Según me explicó el de la gomería es bastante frecuente que en caminos de ripio las piedritas se cuelen por la banda de rodamiento, sobre todo en neumáticos de bajo perfil (deportivos) como los de ese auto, y se pierda todo el aire de golpe, y dijo también que lo más común es estrolarse cuando eso pasa.

Por alguna razón entramos en una casa de té y pedí una taza gigante de chocolatada, acompañada de una soberbia porción de strudel con crema. Antes de eso nunca me atrajeron los dulces y después tampoco, pero aquel bocado era la gloria, la vida.

De regreso, la Tana dijo algo que sentó precedente inconmovible: "manejá ridículamente despacio" y desde entonces hasta aquí insiste con el tema. Nunca choqué ni me chocaron, todos piensan que soy prudente al volante, pudo pasarle a cualquiera. Pero me pasó a mí.

Mata un perro y tu mujer te llamará "el mataperros" - decía mi viejo.

martes, 9 de septiembre de 2008

Viñetas ribereñas

Admití tu mitad de la culpa

- ¿Cómo entran por la boca los bebés?
- ¿Quién te dijo eso?
- Mamá, dice que vos le diste la semillita cuando le dabas un beso
- Qué se yo ¿por qué me preguntás a mí que nunca tuve un bebé en la panza?
- ¡pero vos le diste la semillita!

Hechos de la naturaleza

- Los hombres miran a las mujeres
- Ah si?
- Sí, siempre las están mirando y hasta que les dicen algo no le sacan los ojos de encima
- ¿Y vos cómo sabés?
- Por la tele y porque te veo cómo la mirás a mamá
- ¿Querés un chupetín?

Cada quien a sus asuntos

- Dice Vilma (maestra de catequesis) que cuando me bauticen la llama de Jesús va entrar en mí ¿llama es lo mismo que fuego Papá?
- Sí
- ¿Y vos te quemaste cuando te bautizaron?
- Yo era muy chico y no me acuerdo
- Pero Dios no va andar quemando a la gente, ¿no?
- No creo m´hija.
- ¿Porque eso ya lo hace el Diablo?
- Puede ser.

Ubicate

Como todas las noches trato infructuosamente de amedrentar a Goyo para que se quede en su cuarto y en su cama. Lo persigo en pantuflas con el balde de los rastis en la cabeza haciendo sonidos de monstruo. Y me dice la niña:
- Eso que estás haciendo es ridículo
- Ya sé m´hija, pero no se me ocurre nada mejor.

Confirmado, es oficial, Lola es un enano extraterrestre.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Quien yo soy

Alguna vez escuché por ahí que para los animales la pregunta existencial es ¿qué voy a comer hoy?, para las mujeres ¿qué me pongo? y para el hombre ¿quién soy?. Nunca fué dilema para mí, yo sé bien quién soy, y sé también cómo y porqué llegué a ser esto que soy. La culpa fué de mi viejo y el libro de quejas está a su disposición (la suya por supuesto, no la del viejo que ya no está entre los vivos, y digo vivos de vivir no de avivados).

Puede ocurrir - dadas ciertas circunstancias - que yo disimule lo verdadero, pero nunca afirmo lo que es falso. Tras la excursión con Dino al Tigre mi bicicleta fué objeto de secuestro y archivo en un galpón de la empresa de guardamuebles que por entonces gerenciaba mi madre. Pasaron los meses y un buen día mi hermano Gustavo se aparece en casa con una bici que dijo haberle comprado a Pistola (un pibe del barrio apodado así por su costumbre de andar ahorcando la gallina todo el tiempo) con el dinero recibido en su cumpleaños. El rodado era una nave, celeste brillante, cubiertas negras nuevas, espejitos relucientes, un chiche. Cierta tarde en el patio de casa yo miraba fascinado la bici de Gualo y noté que era de la misma marca que la mía (aunque la mía era roja, no tenía accesorios y estaba arrumbada en algún rincón del mundo). Le comento al viejo la coincidencia y me dice - "esa bicicleta es tuya pelotudo, Gustavo la sacó del galpón, la pintó, le cambió las gomas, le sacó los guardabarros, le puso espejos y te metió el perro" -. Demás está decir lo infinitamente estúpido y traicionado que me sentí, lo primero por no haberme dado cuenta, lo segundo porque mi propia madre, que le facilitó las llaves del galpón y conocía la maniobra fraudulenta con evidente dolo de ocultamiento, era partícipe necesaria de la estafa. Dolió claro, pero la verdad, aunque duela, fué a partir de entonces, siempre mi mejor opción.

Cuando tenía seis años con mi hermano mayor de ocho hicimos la clásica arrebatada de golosinas del quiosco situado justo al lado de la escuela y a la salida de clases. Llegamos a casa con los bolsillos a reventar de caramelos y chocolatines, diciendo que un compañerito de Quique nos lo había regalado. Por supuesto el quiosquero nos reconoció y dió aviso al colegio cuya directora es amiga de la infancia de mi madre. Enterado el viejo, no sólo nos aplaudió los cachetes al estilo clásico sino que nos hizo devolver - ante millones de testigos conocidos - el importe del botín deducido de nuestros ahorros y deshacernos en disculpas para con el comerciante. Desde ese día no puedo conservar un fósforo que no me pertenezca.

Tras 20 años de servicio un buen día la empresa americana donde el viejo era gerente decidió prescindir de sus servicios. Parece que los demás gerentes - todos en connivencia - declaraban defectuosos algunos de los instrumentos que allí fabricaban y los vendían luego bajo cuerda. Mi padre no entró en la trenza, tampoco se alzó como el adalid de la moralidad, sólo dijo "no gracias". Anoticiados de que viajaba una auditoría desde EEUU para relevar las pérdidas de la filial argentina, los mafiosos estrecharon el círculo rajando al pobre viejo. Mi madre, que bien poco lo entiendía, era un sólo manojo de regaños, pero él, inmutable, dijo algo que recordaré mientras viva: "mirá Gorda, uno no siempre puede hacer lo que quiere pero siempre puede no hacer lo que no quiere". Por eso no le perdono a Ratzinger su militancia en las juventudes hitlerianas bajo pretexto de sobrellevar las presiones políticas de la época. Soy conciente, cada vez que obro mal, de que lo hago con discernimiento, intención y libertad de elección.

Me dijo una vez "esa chica es buena pero no para vos" y estaba en lo cierto, otra vuelta ante mis ínfulas de jóven abogado prometedor sentenció "¿querés ser un grande? llevá adelante una familia que no es poco" y no se equivocaba.

Yo sé bien quien soy. Soy el hijo del viejo Manzano.

jueves, 21 de agosto de 2008

El juego de la cama

Tiene diferencias y semejanzas con el juego de la silla, ese en el que varios participantes giran en torno a un grupo de sillas dispuestas en círculo y cuando para la música tratan de no quedar sin asiento. Se parece en el concepto aunque este se juegue con camas, difiere en que hay tantas camas como participantes o más.
En casa Goyito instaló la moda; generalmente de madrugada empieza el juego de la cama y se pone muy entretenido cuando Meli se queda a dormir en el sofacama del living. Subrepticia e invariablemente el párvulo se despierta, viene corriendo al lecho nupcial - al grito de "a dormir acá" y se incrusta contra el cuerpo materno. A poco de andar, el hacinamiento se le vuelve intratable y la Tana hecha un zombie camina hasta el cuarto de los infantes a desplomarse sobre el colchón vacante que dejó el niño. La operación se repite varias veces porque, ni lerdo ni perezoso, Goyo retorna a su cubil no bien nota la ausencia y desplaza nuevamente a su errante madre.
Cuando Meli se queda el juego comienza con ella, es la primera en ser deshauciada de su cama en busca de una plaza libre, por supuesto la de su hermanito. Pero no conforme con desalojar a su hermana mayor, el chico viene todavía a repetir la rutina de la cama grande.
Hace algunas noches me despabilé abuptamente de madrugada para oír a ambas mujeres sostener un diálogo incoherente de viva voz. Abrí los ojos y el enano dormía plácido acurrucado a mi siniestra. Parece que la primera en ocupar la cama de Goyo fué Melisa, y la Tana, también desplazada a su turno, buscó idéntico refugio tanteando a oscuras un lugar donde dar con sus huesos lo que efectivamente hizo precipitándose sobre la desprevenida Meli que despertó en un sólo alarido que hizo a su vez gritar de horror a la Tana, que me despertó a mí al grito de "¿qué carajo están haciendo?" y a Lolita que preguntaba "¿qué pasó?".

Ganador indiscutible: Goyo; se quedó con el premio mayor y dormía sereno y sonriente. Todos los demás en vela y enemistados.

Al cabo de dichos sucesos compramos una cama inmensa, da vértigo de tan ancha y alta, pero no solucionamos mucho. El Tano sigue con sus incursiones aunque ciertamente hay menos movimientos nocturnos. Por las dudas dormimos con un ojo abierto.

lunes, 4 de agosto de 2008

Verano del ´77

Hoy por hoy, con treinta y ocho años de amistad a cuestas, tengo la costumbre adquirida de sopesar las opiniones de Dino (Gabriel, mi amigo de siempre), pero cuando ambos teníamos once años sus ideas me parecían simplemente incontrastables, y así me fué.
Hacía rato que él andaba jodiendo con su plan temerario de agarrar las bicis y pedalear hasta donde nos parara el viento, la epopeya perfecta salvo por un detalle no menor; nuestros permisos de vagabundeo tenían limitaciones geográficas y temporales bien precisas: no más allá del rectángulo comprendido entre las paralelas Blanco Encalada y Av Congreso y las perpendiculares Av Del Tejar y la vía, y no más tarde de las cinco. Hay que ver lo convincente que es Dino cuando algo se le cuadra, pero no dejaba de ser una aventura prometedora.
Aquel sábado, después de almorzar volvió a la carga: "¿y si vamos hasta El Tigre?". Lo miré como suelo hacerlo, con mi gesto típico de "no podés estar hablando en serio". No era para menos, discutíamos un periplo de 60 km entre ida y vuelta de Belgrano al Tigre y aún cuando es cierto que este cálculo se me escapaba por entonces, sí sabía que era lejísimos.
"Se hace rápido si nos colamos en el tren de Barrancas, bajamos donde termina, boludeamos un rato y volvemos; estamos acá antes de las cinco, no seas puto, cagón de mierda". Si una cosa no soy es cagón, "vamos y después no hinches las pelotas con que te cansaste de pedalear".
El itinerario iba de maravilla, hasta ahí todo salió conforme lo planeado. Recuerdo que unos días antes, para mi cumpleaños, mi padre me había regalado los anteojos de sol que tanto quería y no me los saqué ni por un segundo, me sentía como el rubio de Camel, como Pedro de Mendoza, como Meteoro pero en bici; qué podía salir mal, es sabido que los dioses favorecen a los héroes. Allí estábamos los dos, quemados por el sol, compartiendo una coca en la que habíamos gastado todo lo que llevábamos encima, mientras contemplábamos aquel río recién conquistado.

Eran tiempos turbulentos en Argentina, todos eran sospechadores y sospechosos de todos, pero aquello, en ese mismísimo minuto, no nos merecía el más mínimo reparo, para empezar porque sólo conocíamos vaguedades y para terminar porque nos importaba un soberano carajo. "Busquemos algún lugar para hacer cross" - otra idea irrefutable y perfecta en sí misma viniendo de Gabriel; y lo encontramos, un descampado al que accedimos no más saltar el alambrado perimetral. Al fondo, a lo lejos había algunas edificaciones pero quién vendría a echarnos un sábado a la tarde y con semejante calorón. Un buen rato haciendo piruetas hasta que se nos acercó un jeep con dos hombres uniformados portando ametralladoras cortas. Que qué hacíamos ahí, que si no habíamos visto el cartel de zona militar, que ese era el destacamento de Prefectura Naval, que dónde estaban nuestros padres, que quiénes éramos, que los íbamos a tener que acompañar. "Y bueno - le dije a Dino - acompañémoslos. Estuvimos sentados en un banco de madera por más de dos horas: "ya está llegando el Prefecto y vamos a ver si los deja ir o los metemos en el calabozo detenidos". En este punto la autodeterminación de Dino se derrumbó; lloraba presagiando el peor de los destinos pero algo me decía que la cosa no era para tanto. El amigo Prefecto se tomó su tiempo pero llegó. Era un adulto como tantos, con cara de director de colegio o preceptor, alguien de quien cabía esperar una buena cagada a pedos pero no mucho más. Nos miró, le devolvimos nuestra mirada lloricosa, se dió vuelta y mandó al otro uniformado a comprar gaseosa y galletitas para nosotros. Una luz al final del túnel.
De nuevo el sermón, que cómo se nos ocurrió alejarnos tanto (quise responder que fué culpa del pelotudo de Gabriel pero me callé y eso selló nuestra amistad para siempre), que nuestros padres debían estar preocupados, que mejor tomábamos la merienda que nos convidaba y nos íbamos derechito a la estación a tomar el tren de vuelta. Una cosa que debió preguntar y lo olvidó es si teníamos para el boleto, pero el horno no estaba para bollos y le disculpamos el detalle.
Seguimos el plan - serían ya las siete y media de la tarde aunque nosotros lo ignoráramos - subimos al tren pero el guarda nos descubrió antes de llegar a la siguiente estación (Carupá) y nos hizo bajar. A pedalear hasta Belgrano.

Como pasa en estos casos y por motivaciones que no conocíamos del todo, ambas familias se contactaron para averiguar nuestro paradero. Hacia las ocho de la noche todo el barrio estaba conmocionado, se montó un operativo de búsqueda que unió a los vecinos bienintencionados, e incluyó procesiones hasta las comisarías y hospitales cercanos.

Dale y dale al pedal con alguna interrupción para tomar respiro, siempre bordeando la vía para no perdernos. LLegamos a territorio conocido pasadas las diez de la noche y la primera cara familiar que nos salió al cruce fué la de Lali, un amigo de la casa; "tu vieja te mata" - dijo lacónico - "ya sé, ya sé, ¿pero me mata de matar nomás o de dejar bien muerto?". Por las dudas paramos las bicis en la esquina de casa, unos veinte metros antes de mi puerta.
La silueta oblonga y bamboleante de mi madre se aproximaba al trote (como de hipopótamo) llorando a moco tendido con los brazos extendidos, unos pasos atrás la madre de Dino gritando improperios. Me quedé quieto, la vieja es inofensiva cuando entra en pánico, pero Gabriel por razones que tenía bien conocidas se puso en guardia. Mientras intentaba zafar de esas manazas que me apresaban ambos cachetes entre espasmos desconsolados y sonidos incoherentes, (buahhhsabésgrrrllllquéhoragrslffsssshhhes,ahhhhlasdiezbbbuuuuumequerésmatardeundisgusto) especulaba con que quizá mi padre no había vuelto del trabajo, en mi mente no serían más de las siete, siete y media. La esperanza fué lo último que se perdió al ver a mi padre desencajado como una estampida de búfalos corriendo en dirección a nosotros. Papá no lloraba, actuaba. Me levantó por el cuello de la remera (no se porque en ese momento creí que si seguía aferrado al manubrio estaría a salvo, pero lo cierto es que me llevaba en vilo con bicicleta y todo, entre amenazas de sufrir un mal próximo e inconmensurable no bien traspusiera el umbral de casa, lo que efectivamente ocurrió). Lo último que ví antes de ser arrastrado al patíbulo fué la imagen de Gabriel, a quien don Jaime (su padre) llevaba literalmente a patadas en el culo, casi llegando a la esquina de Freire. Fué entonces y ni un sólo segundo antes cuando caí en la cuenta que a lo mejor, esta vez sí la habíamos cagado para el campeonato.

Juro que no exagero cuando digo que los días de humedad, todavía siento los cazotes del viejo.

lunes, 28 de julio de 2008

Mi bello niño, mi pequeño niño

Fué su cumpleaños, de él y de nadie más y todos contentos (o casi todos). Fueron sus regalos, sus mimos, sus juegos y a joderse.

Los activos



la mujer de su vida

su abuelito del alma

su papón


su hermana (la buena, no la otra)


su abuela Dora

su tía Silvina

su tía Paula


sus tíos y prima (la buena, no la otra).

la abuela Silvia

Los pasivos




Y bueno, no se puede conformar a todo el mundo.

lunes, 21 de julio de 2008

Cobos votó por No

- Qué hacés por acá Chango, viniste en mal momento - (a esta altura conozco de sobra el humor agorero de mi viejo conocido y escriba del poder, pero creo que esta vez no exagera).
- Me dí una vuelta para ver como anda todo después del espaldarazo del Senado.
- Del Senado una mierda, los teníamos arregladitos con la Banelco y bien disciplinados, nos cagaron los radicales.
- Y hay bronca che?
- La Rosada es un infierno, máquina, llueven las recriminaciones mutuas en el matrimonio K y no parece que vaya a haber paz en mucho tiempo.
- Y qué se cuenta? - (sé que le deberé un favor por su infidencia pero no puedo resistirme).
- Lo de siempre, no se les cae una idea, además como está perdida la batalla lo único que queda es la venganza.
- Le pedirán la renuncia al Vice?
- No, lo van a dejar solo como loco malo pero sin convertirlo en mártir. Por ahora se está estudiando una campaña de desprestigio más bien discreta nomás.
- Ahhh, los afiches, no?
- No pibe, parece que ya les ganaron de mano.
- Entonces?
- Estudian publicar en los diarios algún mensaje contundente pero se barajan puras boludeces y la doña está que trina. Mirá lo que se les ocurrió (me mostró una hoja A4 prolijamente encarpetada lista para elevar a despacho y consideración de la primera magistrada):

COBOS VOTO POR NO COMO OTRO BOROCOTO POMPOSO. ROTOS LOS TONGOS CON LOS MOROCHOS OLOROSOS CON BOMBO, CORTO SOLO, COMO PROCTÓLOGO JODÓN COLOCÓ CODO POR ORTO. "YO VOTO POR HONOR" - TRONÓ COBOS COMO LOBO - "VOTO POR LOS POROTOS COSTOSOS". NO SON POCOS LOS MONCHOS CON LOS OJOS ROJOS, LOCOS POR VOTO BOCHORNOSO, "OJO COBOS" - SOLTÓ RONCO POCO MODOSO - "LO TOMO, LO PONGO MORMOSO, LO ROMPO". TODO MOZO CON GORRO OBLONGO ORÓ GOZOSO POR COBOS, OBLÓ POCO ORO POR LOS POROTOS, CHOCHOS LOS LOCOS COMO FLOR CON SOL. ¡CÓMO NOS DOBLÓ COBOS!

- Vos le vas a llevar esto?
- Ni en pedo, se lo mando con el cadete.

lunes, 14 de julio de 2008

Del paso del tiempo y otros desastres naturales

Es sabida costumbre del tiempo la de huir furtivamente; tanto que salvo por dos o tres señales convencionales, son pocos los iluminados que permanecen conscientes de su transcurso. Si no ha habido una transformación profunda, un evento conmovedor, un hito clásico como el crecimiento de los chicos, uno sencillamente lo asume así, como algo que se escapa y que nunca abundará. La Tana una vez me dijo que ella nunca entregaba su tiempo displicentemente, que siempre elegía a qué o a quiénes dedicarlo porque de eso estamos hechos, de unidades de tiempo. Habrá sido de las pocas veces que le presté el cien por ciento de mi atención, menos por lo intrincado del concepto que por el interés que entonces (y ahora también no vaya a creer) despertaba en mí su cualidad de mujer recién estrenada.

El sábado, de madrugada, a los 86 años, murió como de rayo mi tía abuela Purita, hermana menor de mi abuelo materno y última sobreviviente del Consejo de Ancianos de esta familia. Mientras repasaba uno a uno los rostros del clan rodeando su féretro no pude evitar pensar que todos los allí presentes avanzamos - por el hecho simple y triste de su muerte - un casillero más en este juego de la oca que es la vida. Mis hermanos, mis primos y yo somos ahora la generación intermedia, la que va promediando la carrera hacia el mismo destino, a plazo tal vez no demasiado próximo pero fatalmente cierto.

El domingo Lolita, según es hábito en ella, se trepa a una silla para abrazarme cara a cara, a la misma altura y tras el mimo cotidiano me dice:

- A ver Papi, agachate un poco, Faaaa!!!! se te ve un montón de cabeza.

Viniendo de una criatura inocente, es con mucho la frase más oscura que me han dicho; tardé unos segundos en decodificarla. Busqué un espejo de mano, me paré frente al tríptico del baño y apunté a la coronilla. En efecto, allí estaba el pequeño círculo despoblado de cabello que llamó su atención infantil.

"meestoyquedandopeladoylaputísimamadrequeloparióycuándomierdapasóestoquenomedícuenta"

- Tana, mirá ¿me estoy quedando pelado?
- No, hace mucho que lo tenés y siempre está igual, dejate de mariconadas.

¡Hay que joderse con este tiempo sotreta!

viernes, 27 de junio de 2008

De hombres, mujeres y otros desastres naturales

Esto no es más que una modesta reflexión, ni tan concluyente como para alzarse contra pareceres mejor informados ni tan descabellada que no merezca ser oída: a partir de ciertas constataciones advierto que hombres y mujeres - aparte de ciertas materias que hacen posible la perpetuación de la especie - no se entienden. Quiero decir utilizan los mismos datos simbólicos del lenguaje hablado, escrito o gestual y están contestes en su significado pero el intercambio se da en frecuencias incompatibles: las niñas hablan (y hablan y hablan) hasta agotar la realidad que intentan transmitir, hasta desentrañar minuciosamente cada pequeño matiz de sus emociones o sentires en el caso dado y esperan reciprocidad de parte de su interlocutor; los muchachos, en cambio, informan, discriminan lo que vale la pena ser dicho y lo que no, lo que es útil a efectos de esa comunicación en particular y lo superfluo y se dan por satisfechos con un mensaje claro sin esperar otra cosa que esa misma consideración. Si tomamos esto como figura de análisis tendremos estática en buena parte de los diálogos que se dan entre géneros opuestos, no así entre pares que se entienden lo más bien.

¿Y de dónde viene todo esto? Algunos ejemplos:

La siguiente conversación tuvo lugar entre dos recién casados durante la parada que hizo el ómnibus (Buenos Aires - Bariloche) a las 6:00 AM para reabastecerse:
El: voy a comprarme un café ¿querés que te traiga algo?
Ella: si, traeme un café
El: ¿solo?
Ella: no, con leche
El: si, ¿pero solo?
Ella: no, con leche
El: ¿pero el café solo, nada más?
Ella (subiendo el tono): solo no, con leche, ¿no ves que el café solo me da acidez y no puedo dormir y me pongo de mal humor?
El (recontrapodrido): quiero decir que si además del café, la leche, el azúcar, la taza, la cucharita y el plato, querés alguna otra cosa como por ejemplo una medialuna.
Ella: ahh, no el café solo nomás.

Como ven, las palabras "café" y "solo" sobre cuyas acepciones estaban ambos evidentemente de acuerdo, tenían sin embargo alcances bien diferenciados en el entendimiento de una y otro.

Otro caso. La Tana y yo debíamos asistir a cierto lugar munidos de alguna fotocopia que todavía quedaba por sacar. La librería está al lado de la cochera donde guardo el auto (a una cuadra de casa) y faltaban todavía dos horas y pico, tiempo más que suficiente para sacar las fotocopias y llegar a tiempo a la cita. Eran las 13:00, me senté a almorzar solo (ella ya había comido con los chicos porque acaparó el baño en primer lugar). Este fué el diálogo:
Tana: no te lo tomes con tanta calma que ya estamos sobre la hora.
Yo (mirando el reloj): si, si, ya termino.
Tana (cinco minutos después): ¿todavía estás comiendo?
Yo: es temprano
Tana: ¡qué temprano ni que nada, ya va a ser la una y media!
Yo: ¿y qué? saco las fotocopias en 5 minutos, busco el auto y llegamos al centro en 40´, sobra tiempo ¿para qué tanto apuro?
Tana: porque la librería cierra al mediodía ¿o no?

El dato más importante, el necesario para tomar la decisión no lo dijo en tiempo oportuno y es lo primero que yo hubiera dicho.

Pero hay muchos más argumentos. Nunca dejan de sorprenderme las frases abruptas, intespestivas y descontextualizadas que caracterizan a las féminas, por ejemplo, en mitad de una cena entre semana "vos ya no me querés como antes" (como antes de qué carajo) o las inesperadas derivaciones que puede traer cualquier respuesta razonablemente posible a la pregunta "¿estoy gorda?".

En fin, no es una construcción decidida, pero ¿estoy tan lejos de la verdad?

lunes, 23 de junio de 2008

Tasa interna de retorno

Todo el mundo ha oído acerca de los diez mandamientos, no es que su práctica sea un deporte masivo pero nadie razonablemente informado los desconoce. Acaso del undécimo, presente por defecto en cualquier esfuerzo de interpretación humana, se hable menos; pero es con mucho el más respetado: "Acordarte has de la ecuación costo-beneficio para santificarla".

Nunca he sido la excepción a regla alguna, tampoco a ésta. Y no hablo aquí del intercambio prosaico en el que unas cuantas monedas, servicios, favores o bienes cambian de manos. No señor, hablo de otra cosa.

Hablo de estar ahí para los que están aquí conmigo. Hablo de recibir lo inesperado grande, devolver lo pequeño, agradecido, y de nuevo llenarme las manos de lo grande, cada vez más grande que me vuelve. Hablo (en desorden alfabético y de toda otra índole) de cierta santafesina preguntona igualmente afecta al escándalo que a la risa, de una paloma que cruza el océano cada tanto con el pico cargado de sabidurías letales, de un ama de casa dignamente mediocre (mucho más lo uno que lo otro) capaz de hacer reir y exhasperar al mismo tiempo, de un sueño mordisqueado, para siempre esperanzado, y a veces no, y de nuevo esperanzado, de una chamaquita cálida y fresca como una tardecita de playa, de sobrinas que no conozco aunque bien me sé sus mañas, de mi amigo Juan. Mi AMIGO Juan.

Hablo de canciones con nombre, de palabras mágicas, de hombros desinteresados que se ofrecen para repartir el peso de la preocupación, del milagro gratuito del contacto.

Hablo de una querida gorra roja con la que parezco un fósforo colosal, como para rasparlo en la autopista La Plata - Buenos Aires:


Hablo de una inversión mínima de tiempo, discreción y afecto que me ha rendido el provecho más generoso del que se tenga noticia.

De todos ustedes, de eso hablo.

viernes, 13 de junio de 2008

La suma de todos los miedos.

La Tana y yo siempre supimos que Goyo era especial. Lo advertimos en su inclinación por los deportes de invierno (mirar la tele despatarrado en el sofá con el vaso de leche en una mano y catorce galletitas en la otra), en su costumbre de examinar minuciosamente lo que se le ofrece aunque venga de fuente confiable, en su gusto incondicional por la siesta, en sus tiempos provincianos para casi todo (para empezar a gatear, a caminar, a usar cubiertos), en la exagerada economía de palabras, en su lealtad inquebrantable para con los pañales y en su actitud paciente y sin apremios. Mientras pudimos, y de común acuerdo, adjudicamos estas particularidades a su naturaleza pachorrienta; al fin y al cabo, sonriente y feliz (en forma directamente proporcional a la distancia que lo separa de Lola), es (y siempre fue) un caramelo de dulce de leche en busca de mimos. Y además tiene sus razones; para qué disputarle a su hermana (anverso absoluto de la idiosincracia descripta) lo que tan fácilmente obtiene de nosotros; para qué esforzarse en ser oído cuando ella usa todas las palabras del idioma, todo el tiempo y a decibeles apenas tolerables. No - pensábamos - no hay nada malo, él encontró su lugar de benjamín y lo disfruta y viene bien porque ya no tendremos más bebitos en las manos, no hay de qué preocuparse.
Pero a la preocupación le tiene sin cuidado que estés ahí para ella, que le des agenda cuando reclama. No golpea la puerta, sólo entra. Así es que empezamos - con dos añitos recién cumplidos - el largo derrotero por los consultorios.
Al Tanito le encantó la variante; entre fonoaudióloga y psicóloga ganó espacios de juego y de creación propios (cuyo valor no acrece en función de la exclusividad sino mas bien de la ausencia de Lola) y poco a poco mostró progresos evidentes, claro, sin expectacularidad que no es su estilo, pero sin ceder un ápice tampoco, trayendo algo de tranquilidad a nuestras vidas, una sensación de que las cosas marchaban por el camino correcto.
¿No dije alguna vez que cuando adquirís conciencia de la calma se desata un quilombo inesperado? Palo y a la bolsa.
El miércoles acudimos puntuales a la cita con la neuróloga infantil. Con el mismo tono monocorde e impersonal que se puede esperar de los altavoces que anuncian la partida o el arribo de los vuelos en un aeropuerto, mencionó una sigla de 5 letras que nos arrebató el alma del cuerpo.

- Goyo es inteligente - dijo - sólo que no percibe el mundo como la mayoría de las personas.

(chocolate por la noticia perra estúpida, insensible y pedante, ya me di cuenta de eso, lo veo en sus ojitos pícaros cuando hace travesuras, en el modo que tiene de arrebatarle siempre sus tesoros a Lolita, de hacer trampa para quedarse despierto otro rato a la noche y dormido a la mañana para no ir al jardín, de ganar furtivamente cada noche su espacio en la cama grande, de desafiar y retroceder un segundo antes del reto, de hacer macanas y proclamarlas para no disfrutar solito; ya lo sé ¿a qué universidad fuiste?)

Volvimos, cenamos, nos desplomamos.
Yo oía llorar a la Tana acostada al lado mío, pero no tenía lugar para angustia ajena. Lo siento, cupo completo.
Pasé el jueves - con breves intervalos - absorbiendo la mayor cantidad de información posible; a estas alturas creo que sé tanto como ella o poco menos. Lo que describen esas publicaciones no es a Goyo, ni remotamente, pero ¿si fuera así?. La suma de todos los miedos.
Por la tarde su fonoaudióloga, basándose en hechos concretos y no en modelos teóricos dijo que las cosas marchan bien, que hay trabajo por delante, pero también resultados perfectamente posibles.

Ayer después de cenar, Gregorio - enemigo declarado del inodoro - como si supiera de nuestra pesadumbre y sin indicios previos sobre los cuales anticipar razonablemente su iniciativa, se paró frente a su madre, la tomó de la mano y le dijo: "al baño".

Se sentó y cagó estruendosamente por primera vez donde Dios manda.

La escena de vítores, aplausos y congratulaciones en el baño parecía sacada de una película de Fellini.

Qué cosa con estos pibes; uno nunca conoce el verdadero miedo hasta que algo los amenaza, tanto como ignora que un sorete suyo flotando en la taza blanca pueda causar semejante alegría.

Feliz día a todos los padres.

lunes, 9 de junio de 2008

Verdades indemostrables

La certeza, desde la objetividad científica, sólo puede predicarse respecto del hecho que, superando rigurosas refutaciones teóricas, es probable y comprobable en todo tiempo y lugar. Antes de eso nada y después realmente muy poco; el postulado en cuestión pasa a ser un mero aserto generalmente aceptado mientras su posible inconsistencia no sea demostrada. Por eso - según dicen algunos - se puede vivir sin las consignas "verdadero" o "falso", basta con decir que determinado principio o descubrimiento aún no ha sido suficientemente contradicho, porque ni siquiera la comprobación empírica otorga valor veritativo a nuestras conclusiones. Recuerdo que de chicos repetíamos convencidos "el átomo es la mínima porción en que se puede dividir la materia", eso cambió el día que alguien inventó el microscopio electrónico y pudo verse a las partículas subatómicas con nanopartículas orbitando a su vez alrededor de ellas. Entonces quedó claro que aquel axioma era tan cierto como la potencia de los microscopios permitía.
¿A qué viene esta introducción rimbombante? Bueno, te cuento un secreto, yo conozco verdades verdaderas que no puedo demostrar pero son fatalmente ciertas, de toda fatalidad y de toda certeza.

Postulado 1: En algún lugar entre el canasto de la ropa sucia y el segundo cajón de la cómoda, las medias desaparecen a razón de un sólo individuo por par, nunca ambas juntas. El fenómeno se da normalmente con prendas nuevas, las descocidas y agujereadas permanecen por los siglos, y dentro de los dos meses de adquiridas. Esto es así y no hay vuelta que darle.

Postulado 2: Dos cabezazos en el área chica terminan invariablemente en gol. La regla se cumple independientemente de que ambos jugadores apunten para el mismo lado; puede ser un defensor que rechaza y el delantero contrario que devuelve o dos jugadores del equipo atacante. Cualquiera que mire fútbol regularmente sabe esto pero ningún periodista deportivo lo ha explicado satisfactoriamente. Es así y punto.

Postulado 3: Entre dos vías alternativas de comportamiento igualmente efectivas y apropiadas en apariencia, la elegida resultará ser la peor. Hacé la prueba de correrte a la cola más corta y descubrirás que la que dejaste avanza más rápido. Y a la inversa si decidís quedarte donde estabas. Es un dogma de fe.

Postulado 4: La posibilidad de ser descubierto es directamente proporcional a la gravedad de la falta (intencional o no) que acabas de cometer. Elegí cuidadosamente un lugar apartado y discreto para desgraciarte a gusto y verás como se llena de personas en un segundo. No es necesario que confieses nada, estás disculpado.

Postulado 5: Por mucho que dediques a la introspección, por mucho que te esfuerces en corregir tus defectos, en llevar una vida ordenada y ser justo para con los demás, la opinión que el prójimo se forme sobre tu persona distará diametralmente del concepto que tenés de vos mismo, sin importar si te conocen a fondo o sólo superficialmente. Si no me creés preguntale a tu madre y a tu mujer (desacuerdan en todo menos en eso).

Postulado 6: Las cosas marcharán sin sobresaltos hasta que seas conciente de eso. Un segundo después de darte cuenta se desatará algún quilombo que ni siquiera viste venir. Siempre pasa.

Postulado 7: Si no encontrás el objeto que estás buscando dalo por perdido y comprá otro mejor y más caro; es la forma más segura de hacer que aparezca a menos que se trate de medias en cuyo caso nunca funciona. Sólo aumentarás la cantidad de ejemplares sueltos en tu cajón.

Confiá en mí, sé exactamente de que te hablo.

martes, 27 de mayo de 2008

Con todo respeto

Podría pensarse que dije lo dicho con toda intención de incomodar, incluso de ofender, pero la verdad verdadera es que las ocurrencias nefastas se me dan como las coplas cuando ni siquiera estoy interesado en la conversación; cuando hablo sólo por decir algo, aún cuando quiero ser simpático. A estas alturas ya tengo más o menos dominado el impulso y ante la mínima sombra de duda opto por el silencio, pero no fué siempre así.

1) Con Martita (una compañera de trabajo, profesional excelente, buenísima persona querida por todos - yo incluído - a quien la suerte desfavoreció con una ostensible renguera producto de una luxación de caderas no tratada en su niñez) solíamos tomar mate y hablar de bueyes perdidos a la hora en que la oficina quedaba desierta. Una vez, recién empezada la ronda, debió salir de urgencia y el hombre, muy cortés, va y le dice: "tómese otro compañera, no se me vaya renga"; "si alcanzara con un mate" contestó melancólica mientras la tierra no cedía al ruego de abrirse bajo mis pies.

2) En casa de cierta novieta de mi juventud, cuyo padre me junaba bien fulero, mi potencial suegra me invita a cenar; "hay milanesas" dijo "¿te gustan?"; "¿y a quién no?" dice el tipo y remata vehemente "al que no le gustan las milanesas es un marciano!!!"- silencio ominoso - "a mi papá (allí presente), podés creer?" dice la chica; (no, no te puedo creer la reputa que te parió).

3) En casa de Siro, compañero de secundaria, ronda de adolescentes hablando (y riéndose de) boludeces. Puro tren de joda. En eso llega el novio de su hermana (a punto de casarse) con helado para todos. "Qué copado este pibe" exclamé sin mala intención; "siempre trae algo" dijo Siro. Aquí va: "Igualito que los apaches que regalan caballos al cacique para casarse con su hija"; cara de ojete legüera hasta que mi amigo responde "¿Te pensás que estamos vendiendo a mi hermana?". Meses hasta recomponer la relación.

4) Con mi jefe, hablando de la estrategia judicial a seguir en un caso dado, "¿estamos a tiempo de ... (hacer determinado planteo incompatible con nuestra postura anterior manifiesta en el expediente)?"; "no, de ninguna manera, eso sería como alegar la propia torpeza y está prohibido en derecho" suelta el leguleyo; el superior jerárquico "¿me estás llamando torpe?". En fin.

5) En una audiencia testimonial, le hago notar al audiencista que no preguntó a la testigo de la contraparte por las generales de la ley (fórmula juramentaria obligatoria por la que el deponente declara no ser amigo, enemigo, pariente, deudor o acreedor de los litigantes ni tener interés personal en el resultado del pleito). El secretario termina de leer y la vieja mirándome consternada "usté piensa que estoy aquí por plata, qué soy corrupta, o qué?". Entró en crisis de llanto y tuvieron que sacarla de la sala.

6) Con la Tana, en lo mejor del idilio, ensayé aquella comparación metafórica con la estrella Betelgeuse. "Insinuás que soy gorda más gorda que el sol" entendió.

Amigo/a, si en algo alguna vez te hieren mis palabras sabé que lo dije con todo respeto y sin ánimo de ofender.

viernes, 23 de mayo de 2008

1810

En ese colegio de mierda nadie entiende nada. Tuvieron que pasar dos años (¡DOS AÑOS!) actuando de negrita pastelera, de ladrillo, de árbol, de ornitorrinco, hasta que finalmente reconocieron el talento y le dieron un papel medianamente acorde a su talla artística. Ya tenía casi terminado el escrito de demanda contra las autoridades del Instituto Cardenal Copello, el Obispado de San Isidro y el Vaticano - todos en forma conjunta y solidaria - cuando recibí la noticia esperanzadora:

- En el acto del 25 de mayo voy a actuar de dama antigua bailando el minué con Juan Cruz.
- ¿Quién es Juan Cruz?
- El chico que va a bailar conmigo
- Y Bué.

La damita patricia





El criollito. Un muchacho sin suerte. A la salida del salón de actos tuvo un accidente de lo más extraño: se golpeó repetidamente la cabeza contra una columna del patio. Yo estaba cerca, lo vi todo (¿o lo imaginé?).






La gala



Mi niña Lola, mi niña Lola, ya no tienes la carita del color de la amapola,
Mi niña Lola, mi niña Lola, mientras que viva tu padre no estás en el mundo sola.



(Si me vieras Luisa, sabrías que digo mucho más cuando sólo me sale ¡Gracias!)

martes, 20 de mayo de 2008

Cuestión de marketing

La cantante no vidente abordó el tren que me lleva al trabajo como casi todos los días a la misma hora. Tras una breve noticia de su infortunio personal desparramó las bendiciones de rigor entre los pasajeros, desenfundó su guitarra y montó el numerito cotidiano.
Después de algún tiempo uno les toma cierta empatía a estos antihéroes por azar; se necesitan agallas para salir diariamente a un mundo que tampoco (o tan poco) los contempla, y también, pero no menos importante, optimismo para usar lo que sirve a pesar de todo, para valerse de lo escaso y mejorarlo en cuanto sea posible con la finalidad elemental y prosaica de ganarse el garbanzo. Es como si me reprocharan que reniego de más, que me quejo de lleno.
Ella (y evito deliberadamente referirme a su condición de ciega, no porque me guste el eufemismo “persona con capacidades disminuidas” con que el INADI impone designar a los ciegos, tuertos, mancos, tullidos, fronterizos y demás impedidos - sin que, dicho sea de paso, la situación de los aludidos haya variado ostensiblemente a partir de dicha obligación - sino en aras de mantener la corrección política), ella - decía - le encontró la vuelta al asunto. No tiene una voz exactamente privilegiada pero es bastante hábil (Juan me corregirá si yerro) para acomodar los tonos a sus posibilidades, se da maña para tocar (aunque sin virtuosismo apreciable) y hasta aquí ha demostrado ser cuidadosa a la hora de elegir su repertorio, generalmente compuesto por canciones folklóricas muy difundidas y pegadizas. Canta aceptablemente las que sabemos todos y con eso, a juzgar por su permanencia en el negocio, le arrebata la “diaria” a las calles inhóspitas de Buenos Aires.

Digo hasta aquí, porque hoy por alguna razón decidió improvisar y su suerte tuvo un giro inesperado; se aclaró la garganta y empezó:

“Yo vendo unos ojos negros, ¿quién me los quiere comprar?
Los vendo por traicioneros, porque me han pagado mal”...
*

Mientras pasaba por los asientos haciendo sonar algún cobre dentro de su tarrito a modo de aviso recaudatorio, esta vez la ciega (permítaseme por un momento utilizar el lenguaje de la barbarie) cosechó muchos más billetes que monedas.

Parece que no fui el único que pensó “te los pago igual pero llevátelos de acá pa´qué mierda los quiero”. Y es que realmente los tiene bien negros, inservibles como un par de tetas en una gallina eso sí, pero renegridos sin lugar a dudas.

* Fragmento de una zamba muy popular

miércoles, 14 de mayo de 2008

Declaración

A últimas fechas mi trabajo se ha vuelto una serie ininterrumpida de emergencias; llego a casa tarde y molido con dos paquetitos de confites M&M en el bolsillo para desagraviar a los chicos que me esperan despiertos como lechuzas. Para peor Eva, nuestra empleada, que usa el auto por razones operativas, lo deja siempre en la puerta por temor a hacerle algún rayón mientras lo entra a un garage por cuya puerta pasa cómodamente un camión Scania atravesado. Un trabajo más: ir a guardar el auto. Con el último resto de energía entro a la habitación infantil pateando toda clase de obstáculos a mi paso.
Este fué el diálogo de anoche:

Lola: - Papi, ¿me comprás el (nosequé nosequé pero usualmente carísimo) que sale en la propaganda de Discovery Kid?
Yo: - Ya veremos Lolita si te portás bien, no le contestás a tu madre y sarasasasasa.
Yo: (que no los veo antes de salir al Jardín de Infantes porque duermo como una piedra) - Sabés Lolita? hace tanto que no te veo que pensé que ya te habías olvidado de mí.
Lola: - (bien solemne) Yo nunca me olvido de vos Papi, hasta sueño con vos y le rezo al Ángel de la Guarda todos los días para que no tengas pesadillas.
Yo: - ¿Qué era eso que querías mamuchina?

De todas las mujeres que de un modo u otro tocaron mi corazón, ninguna ha podido tanto con tan poco.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Ashi me hizo acordar

Sábado de verano a la tarde, la siesta por delante, un lujo tan poco glamoroso como frecuente. Es como todo, hay siestas discretas que pasan sin pena ni gloria y siestas para el campeonato. Hacía calor en todas direcciones y parece que se jugaba la final de la copa del mundo; a veces pasa. Silencio en la casa, a no ser por las respiraciones acompasadas de los chicos que duermen en la habitación contigua y alguna que otra respiración menos apacible que no es del caso ponerse a detallar.

De pronto, apenas y a destiempo advertidos, el sonido de patitas infantiles atravesando el corredor a paso vivo y la sombra de Lolita en el vano de la puerta de nuestro dormitorio, todo a un tiempo. Tumulto, desplazamientos abruptos, malabares con la sábana que no daba abasto a cubrir lo que se pudiera. La Tana y yo tendidos, tapados, inmóviles, callados y firmes en posición de revista. No sabíamos qué tanto pudo haber visto.

Lola : - Mamá ¿por qué estás del lado de Papá?
Tana: - Porque Papá se fué corriendo hasta que me empujó (hay que ver cómo la afecta la exposición a esta mujer que es incapaz de articular una excusa convincente para una nena de 5 años).
Lola: - ¿Cómo que te empujó, te tiró de la cama? Papá, ¿por qué tu "calzonciso" está en el suelo?
Yo: - Porque estaba a punto de entrar a bañarme cuando me levantara (sarasasasasa).
Tana: (mientras se incorporaba usando la única sábana disponible como túnica) - Lolita andá al living a ver la tele que ya voy.
Lola: - ¿Estás desnuda?
Yo: - Tana no te levantes que me dejás en pepelopotapas!!!
Lola. - ¿Qué Papi?
Yo: - Rajá de acá, hacéle caso a tu madre, carajomierda!!!

La infanta seguía parada como una estaca sin quitarnos los ojos de encima. Sabía por el tono tenso de mi voz que la cosa iba en serio pero también que si fuéramos a reprenderla ya lo hubiéramos hecho. Y simplemente no podíamos movernos. Ella tenía el ceño fruncidito con una expresión que sintetizaba a las mil maravillas el sentimiento de "acápasóalgoymeestánengrupiendoporquesoychiquitaperoyavoyacrecerparadarmecuentacuandomedicenmanganetas" que pasaba por su cabecita. Por la mía los miles de pesos que gastaría en concepto de atención psicológica en un futuro no lejano, por la de la Tana vaya uno a saber qué imágenes sagradas señalándola con el dedo en evidente ademán réprobo y admonitorio.

No hablamos del tema, pasamos el domingo como los sobrevivientes del atentado a las torres gemelas, esperando una nueva explosión. No pasó nada, Lolita imputó la deuda al rubro "pasivos contingentes" y a otra cosa.

Mi moción de instalar un pasador para cerrar por dentro la puerta de nuestro dormitorio no era tan descabellada después de todo.

martes, 6 de mayo de 2008

El que ríe último ríe mejor

Toda familia tiene sus clásicos. Desde que mis viajes de trabajo se hicieron más frecuentes se me hizo costumbre volver con alguna cosa para los chicos. Tanto, que lo último que escucho antes de subir al remise que me lleva al aeroparque es la voz chillona de Lola deshaciéndose en recomendaciones y "noteolvides" al respecto. Con el tiempo también se me fué agotando el repertorio y empecé a repetir los obsequios que compro - dicho sea de paso - en los mismos comercios de cada lugar al que voy. Es así que la niña, ni lerda ni perezosa, aprendió a identificar el destino con el potencial regalo que recibirá a mi regreso. Goyo en cambio recibe lo que venga y se pone a chusmear el equipaje antes incluso de saludarme.

Volvía a Bariloche, como tantas veces (sé que muchos disfrutan esta ciudad turística pero a mí ya me tiene las bolas por el suelo) con el mandato expreso de traerles una caja con ositos de chocolate, pero esta vez se me ocurrió innovar. Con los minutos contados me puse a indagar otras propuestas y elegí una simpática cajita que venía con variado surtido de animalitos de chocolate relleno: mono, león, jirafa, oso, etc. "Esto les va a encantar" - pensé.

A la vuelta, cada uno con la suya entre las manos, despedazaban el envoltorio como aves rapaces.

"Pueden comer tres figuras solamente" - sentenció la Tana y entonces pasó lo que nunca hubiera esperado: Goyo tardó un nanosegundo en zamparse dos bombones al mismo tiempo y sacar el tercero antes de que su madre le arrebatara el tesoro, pero Lola, en cambio, generalmente igual de desesperada (como si nunca le dieran una puta golosina), sólo comió dos y devolvió el restante a su caja asegurándose de marcarla para poder diferenciarla (todavía no sabe contar al bulto).

La operación se repitió dos o tres días hasta que sucedió el hecho futuro pero fatalmente cierto: Goyo retiró el último bocado de su cajita y Lola atesoraba todavía tres unidades. Mientras esto ocurría la Tana advirtió a la pequeña que estaba obrando de mala fe y que la vida suele ocuparse de equilibrar las injusticias, probablemente pensando en compensar de algún modo al pobre crío que miraba extasiado y con las alforjas vacías cómo su hermana disfrutaba, con lentitud y deleite exhasperantes, el remanente de su fortuna.

Goyo no lloró, sus ojitos por supuesto estaban hipnotizados por las golosinas que Lola blandía en cada mano, pero no hizo el menor berrinche, el mínimo gesto de pesadumbre. La maniobra había fallado; tanto esfuerzo puesto en hacer desear para no provocar interés alguno trajo consigo su propio desinterés, no en el chocolate claro sino en la platea que la observaba como al descuido. Y se relajó. Ese fué su error.

El Tano volvió a sus asuntos como si tal cosa lanzando cada tanto furtivas miradas a la ultimísima y codiciada jirafa rellena de dulce de leche que Lolita sostenía. Y al rato, a plena carrera, calculando la distancia que lo separaba del refugio, asestó el zarpazo triunfal, se engulló el botín y se parapetó tras la falda de la Tana, todo eso como cinco segundos antes de que Lola se diera cuenta de lo que había pasado. Hubo que agarrarla entre dos para que no lo asesinara.

La verdad es que el Tano pierde la mayoría de las disputas con su hermana, pero cuando se trata de facturar, cuando está en juego lo que realmente importa, bien haría ella en no arriesgar la chance, porque, está demostrado, no reirá siempre pero siempre ríe al final.

viernes, 2 de mayo de 2008

12. Fin. Fin?

La Tana y yo nunca formalizamos. Tenemos nomen, tractatus y fama de esposos sin recabar hasta aquí bendición de Estado o Iglesia alguna. A ella no parece desvelarla esta desprolijidad y yo tengo cierta tendencia adquirida a desconfiar de las mujeres que se casarían conmigo. Con todo, nadie diría que no somos una familia; ella - que finalmente vino a ser la que había construido una "soledad privilegiada" - entreabrió la puerta de su torre inexpugnable y por allí entramos, en orden de aparición, Jacinta, un servidor, Lola, Fierita (una perra cualunque impresentable), Goyo y Tango (un perro gigante y bobo que cuida de todos nosotros).

Ella conserva su costumbre de hacerme sentir profundamente bienvenido y también la maña para equilibrar las tensiones en pugna dentro de mi cabeza.


Yo mantengo la firme sospecha de que si las cosas no hubieran resultado como resultaron, los días vividos entre aquel 27 de octubre y el presente no valdrían más que unas monedas.


Sin embargo no todo es como era entonces. Ahora, por ejemplo, ella habla con frases más cortas: "hay que sacar la basura", "hay que darle de comer al perro", "hay que arreglar esto o aquello", "hay que llevar los chicos a algún lado" (con el tiempo aprendí que la frase "hay que" es perfectamente intercambiable por la sentencia "tenés que"), "bajá la velocidad", "subí la ventanilla" y una vasta serie de etcéteras. Y también las cotidianas resignificaciones del lenguaje; "te saqué cambio" equivale a "te pelé la billetera", "¿viene tu mamá?" es igual a "otra vez esta vieja" y "necesito ..." es un eufemismo por "me voy a comprar ...".


Sé que ella no va a dar fe de su existencia para que todos piensen que es un producto de mi imaginación, que sólo vive en mi delirio. Pero existe, yo nunca fuí tan bueno para imaginar cosas.


viernes, 25 de abril de 2008

11.

Pensaba en ella como en esos porotos que durante años y años se usan en los boliches para apuntar los tantos de la baraja y que, al sembrarlos, germinan de inmediato recobrando su genuina naturaleza, haciéndose dueños de la finalidad para la que fueron creados. La metáfora me parecía brillante pero nunca se lo dije porque está visto que la galantería no termina de salirme al primer intento (y tampoco al último).

Su presencia me bastaba para sentirme feliz, cuando no estábamos juntos quería estar solo para poder imaginarla, pero había que hacer lo que debía hacerse.

No es que Dos y yo no estuviéramos de acuerdo respecto a tomar rumbos diferentes. Hacía tiempo que teníamos cuentas separadas, agendas separadas, proyectos separados y vidas individuales, no obstante nuestra coincidencia entre cuatro paredes y un techo. Lo habíamos hablado y ambos sabíamos que el futuro no nos encontraría juntos. Ella quería completar su esquema adoptando un niño y yo jamás consentiría criar un extraño cuando los míos propios habían sido excluídos de nuestra vida en común (aunque no de la mía por supuesto). En lo que entiendo de conflictos, esos intereses no parecían verosímilmente conciliables.

Habíamos hablado de eso dije, pero es una cosa hablar del camino y otra muy distinta caminarlo.
Lo que siguió no fué demasiado diferente de cualquier ruptura. El divorcio se parece a una espina clavada en la carne y como litigante tenía aprendido que los hombres, en general, se la quitan de un tirón y apretan la herida para que sangre y sane de una vez, las mujeres en cambio la remueven lentamente para recordar el dolor, aferrándose a cualquier cosa que alimente su voluntad de revancha. La cuestión prosaica de la liquidación de bienes se resolvió prácticamente: fuí generoso hasta el escalofrío (excepto claro con todo aquello que no estaba dispuesto a ceder) con tal de no dar ocasión de prolongar el proceso. Dos es pragmática, cerramos el trato.

En aquellos días rumiaba obsesivamente un párrafo inquietante de Ortega y Gasset (ambos) que describía con maravillosa elocuencia mis procesos mentales: "... Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida y por ello no crea ni fecunda ni hinche su destino. Para mí la moral es lo que el hombre debe ser, (...) el ser inexorable de cada hombre, de cada pueblo. Por eso desde siempre (...) proclamaba como imperativo fundamental de la mía el grito del viejo Píndaro: quenoio hos eisi - llega a ser el que eres - ."

El martes mi hijo mayor Lucas me arrancó violentamente de mis elucubraciones. Cumplía 18 años el sábado 27 de octubre y se había puesto insistente (sabe Dios que el término le queda chico) en que se lo festejara el viernes a la noche en "Coyote", un local bailable en los bosques de Palermo (dale pa, dale pa, dale pa, dale pa). Quería brindar con todos sus 214 amigos, aparte de la familia, cuando dieran las doce. Contraté el salón y le dejé el resto de los detalles a mi madre.

La mañana del miércoles apareció un mensaje encriptado en la pantalla de la computadora:

From: Bacigalupo
To:
Pablo Manzano
Sent: Wednesday, October 24, 2001 7:35 AM
Subject: Buen día


Quem vidi, quem amavi;
in quem credidi, quem delexi



Beso, Mónica.


Con la ayuda de un diccionario y reflotando los exiguos conocimientos de latín que me habían dejado el secundario y los libros de derecho, logré identificar las palabras aunque sin precisar su sentido en función del texto. Tenía una misión en la vida, traducirlo, no quería simplemente preguntarle. El jueves, después de clases, pasé por la secretaría académica de la Facultad de Traductorado Público con el papelito en la mano. No es fácil encontar expertos en lenguas muertas pero no soy de abandonar la empresa a la primera dificultad.

"No puedo ayudarlo doctor" - dijo la insensible y pérfida secretaria - "a esta hora no queda nadie, pero puedo darle el teléfono de una profesora si quiere coordinar con ella". Me fuí con el dato y esperé una hora prudente de la mañana del viernes para llamarla. Este fué el diálogo:

- "Doctora la molesto porque necesito traducir un texto en latín".
- "Estoy bastante ocupada pero si lo deja en secretaría lo miro y en todo caso nos reunimos el martes o miércoles de la semana que viene"
- (para entonces será tarde vieja de mierda insensible) "No quiero abusar de su amabilidad pero son sólo nueve palabras, si fuera usted tan gentil"
- "A ver dígame" y le dije.
- "Mire, quien le escribió esto está muy enamorada" y a renglón seguido me lo tradujo.

Me despedí con toda cortesía, hecho un manojo de gratitud, deseándole una larga y dichosa vida.

Estuve en las nubes todo el día. A la hora convenida fuí a Coyote, me senté en la mesa de los adultos y me obligué con esfuerzo a decir poco más que algunos monosílabos. Yo no quería estar ahí, yo quería ...

Los adolescentes se sacudían en tropel y gritaban como maníacos, la noche se iba y yo sin ...

Torta, velitas, cumpleaños feliz y la serie interminable de saludos. Ya eran las doce.

Lucas, ese muchacho tierno y boludón que lee mi semblante como un cartel de autopista, me dice

- "Pa, no es necesario que te quedes hasta el final, ahora viene el baile y te vas a aburrir."
- "¿Te parece Luquitas, qué van a pensar tus amigos?"
- "Nada, ni se van a dar cuenta que te fuiste"

Lo abracé y lo besuquié todo. Fuí al baño y marqué un número conocido con el alma subiéndome por el garguero. Tardó en atender, lógico eran como las dos de la mañana. El ruido era atronador.

- "¿Ya estabas dormida"? - pregunté
- "No, estaba leyendo, ¿cómo está la fiesta?" - preguntó
- "Y, viste como son los chicos, ahora empieza el baile para ellos y el embole para mi" - ensayé
- "¿Te vas a quedar mucho más?" - ensayó
- "¿Vos ya te vas a dormir?" - probé de nuevo
- "Vení, te espero"

SSSSSSSSIIIIIIIIIII

- "Me voy" - dije a los presentes
- "Me dejás de pasada" - dijo mi madre
- (nooo vieja de mierda aguafiesta) "¿Por qué no te quedás un rato más y después te lleva Gustavo"? (mi hermano)
- "Porque ya estoy cansada, llevame a mi casa"

Afuera se había desatado la tormenta del fin del mundo. De Palermo a Belgrano con el limpiaparabrisas a tope y una visibilidad de tres metros. Iba a 80 y la vieja rompiendo las bolas con que nos íbamos a matar. Llegamos.

"Espero que pare un poco y me bajo" - dijo
"Te bajás ahora porque no va a parar"

De Belgrano a Vicente López a lo que diera el pedal. La cortina de agua era terrible, parecía que los elementos se conjuraban en mi contra. Las calles inundadas de bote a bote, una laguna entre mi amor y yo. "Vos podés" le dije al auto y cruzó.

La llamé de camino y me estaba esperando en la puerta, con su pantalón pijama de color rojo. No bien entramos la ropa que traía puesta empapada empezó a secarse en una silla.

Nos encontramos en un chat el 20 de agosto de 2001, nos conocimos el 8 de octubre siguiente, y desde aquel sábado 27 estamos juntos.

"Mañana; y mañana después de mañana. Qué linda es a veces la palabra 'mañana'" - me dijo.

jueves, 24 de abril de 2008

10. (Inconveniente para menores)

No recuerdo haber esperado con tanto ansia un evento. Las 9 de la noche del viernes 19 de octubre de 2001 llegaron junto con la sospecha firme de que el horizonte era algo tan alcanzable como cualquier otra cosa.

Toqué timbre con las manos llenas; un vino que había dormido diez años, un ramo de rosas y una caja de bombones (el protocolo completo). Ella estaba espléndida con aquel vestido negro, lo bastante sobrio como para no delatar abiertamente sus encantos y lo bastante ajustado como para adivinarlos sin tanto esfuerzo. Había trabajado para crear el ambiente propicio, todo estaba dispuesto con muy buen gusto.

Una charla breve, algunos acercamientos decorosamente efusivos y la cena. Yo sentía como si mi garganta terminara en el vacío, como si no tuviera vísceras, pero aún así comí todo lo que me ofreció (cóctel de camarones, lomo con vegetales caramelizados y un postre hecho de frambuesas, crema y merengue). El banquete debió haber estado a punto porque en cierto momento de la cena ella puso su mano sobre la mía y desde entonces en adelante corté la carne con el tenedor usando solamente la mano libre. "Sentate en el sofá, ya traigo el café".

Jacinta (su simpática gatita) malinterpretó las señales que le dí. No acababa de sentarme cuando saltó jubilosa a mi regazo y se puso a cazarme la corbata. Con cautela, sin estridencias y disimuladamente le metí semejante sopapo que aterrizó sin escalas bajo la mesa y allí se quedó observándome agazapada (vos no me vas a cagar la vida gata de mierda). Cuando vino su ama y se sentó al lado mío, volvió triunfante a la carga enrostrándome su inmunidad diplomática. La Tana la apartó y tras algunas insistencias perdió momentáneamente el interés en nosotros.

Pero nosotros no, nosotros seguíamos bien interesados en nosotros. De la confidencia a las caricias fuimos y volvimos varias veces hasta que se hizo arduo decir algo que realmente mereciera la pena ser dicho. Mis manos, con su nueva vocación recién descubierta, la atrajeron hasta que no cupo un alfiler entre los dos.

De ahí en más, la parte racional de mi cerebro cedió ante la avanzada de las funciones autónomas que tomaban por la fuerza el gobierno del cuerpo. No hubo negociaciones ni escaramuzas, fué un derrocamiento brutal, sin prisioneros. Tenía vagamente presente los "prodigios frágiles" sobre los que me había advertido en un susurro y esa incómoda sensación, como de irme sin pagar la cuenta, que había estado postergando para dedicar mi energía a mejores propósitos. Sin embargo resultaron una pobre frontera para mi deseo que soltaba galope tendido con toda la inmensidad por delante. Ella, como las flores, consciente de la brevísima existencia del rocío, se abrió a su urgencia delicada.

Cuando los sólidos alcanzan la temperatura de fusión, lo más sensato es dejar que se fundan.

Con su cabeza recostada contra mi pecho, reparé en dos puntos brillantes, inmóviles en la penumbra. Eran los ojos felinos de la única testigo de los hechos que amenazaba sigilosa con alcahuetear a los cuatro vientos lo que había visto. Parece que quedó seriamente perturbada por el escándalo a juzgar por las secuelas psicológicas que hasta hoy le duran.

"Quedate" - había que aprobar las cuentas y darles finiquito - "Volveré".

miércoles, 23 de abril de 2008

9.

No hay nada más inspirador que ponerse en ventaja en los primeros diez minutos de juego. Habíamos ido más allá de las palabras (dudaba si fué mi iniciativa o la de ella) y no estaba dispuesto a dejar que la cosa se enfriara.
Tenía por delante una semana bien movida pero me hice tiempo para llamarla el martes. Me contó que estaba haciendo un taller literario con una autora muy prestigiosa en la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo y que cursaba los miércoles a las cuatro y media de la tarde. Estaba ofendida con su Presidenta (doña Hebe) por las simpáticas declaraciones que hizo a propósito del atentado a las torres gemelas, pero iría, según me dijo, de todos modos.
Ese miércoles yo debía tomar examen en la Facultad; la mesa se abría a las cinco y media. Estaba perdido ("cuando no estoy con vos ando como perdido"), y, en pleno síndrome de abstinencia, no hacía otra cosa que pensar en los holluelos de su sonrisa. Había que hacer algo.

Llegué temprano a la oficina y llamé a mi secretaria.

- Por favor buscame en las páginas amarillas, en internet o como sea, la dirección de la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo.
- ¿Por qué? ¿qué pasa? - preguntó.
- Porque allí enseña un viejo profesor mío que me enteré que está muy mal de salud y quiero pasar a saludarlo - insistí.
- ¿Y por qué no preguntas en la UBA o te averiguo la dirección de su Estudio en la página del Colegio Público? - siempre la misma respondona.
- Maru por favor hacé lo que te digo (no tenía energía para discutir)
- Bue ... está bien. Por fin.

Volvió como a la hora y media con la dirección anotadita en un papel. Me contó que había llamado a los dos teléfonos que obtuvo y que la primera vez la sacaron cagando: "Eso es de la Línea Fundadora" le ladraron. Parece que entre las Madres se llevan como el culo. (Cómo puede haber gente que se pelee pensé). Quedaba en Congreso, barrio que tomó su nombre de la estación de subte que le pasa por debajo.

- Bien, ahora conseguime un lugar donde comprar flores en Congreso - le pedí.
- Pero no era un hombre al que ibas a ver - no se le escapaba nada.
- Sí pero también conozco a su mujer y enseña en el mismo lugar (hacéme el maldito favor de dejar de cuestionarme).

Cumplió el mandado. Ya estaba listo.

Por entonces había marchas todos los días frente al Congreso, el taxi me dejó a un millón de cuadras. Salí de la florería con la lengua afuera, portando una sola rosa ecuatoriana, de tallo casi tan alto como yo. A las cuatro y cuarto estaba parado como una estaca en la puerta esperando que ella apareciera. Llegó cuatro y veinticinco, teníamos cinco minutos para tomar un café y yo aproveché cada segundo para mirarla. En cierto punto volqué la taza mientras me inclinaba sobre la mesa intentando volver a besarla.

"Este viernes voy a cocinar para vos" - cinco palabras pueden perfectamente representar el Cielo.

Nos despedimos, otro beso en la calle (es curioso, hasta ese día me habían molestado los desubicados que dan espectáculos impúdicos a la vista de todo el mundo) y otro taxi. Tenía apenas tiempo de llegar a la UBA puntual.

Éramos dos tomando exámen (otra adjunta y yo) y los alumnos eran cien mil. Puse el oído en piloto automático mientras escuchaba el disco rayado de sus mentes huérfanas de conocimiento. Completé el Acta y se la dí a Virginia (mi compañera) para que la firme.

"Aprobaste a casi todos" - dijo - "quiero un poco de lo que vos estás tomando"

"¿Ehhh?"